
Tras la Paz de Westfalia (1648) y la confirmación del nuevo equilibrio europeo, la imagen de la Monarquía Hispánica quedó marcada por el signo de la decadencia. La pérdida de la hegemonía continental, el avance imparable de Francia y la erosión de los recursos humanos y financieros alimentaron la percepción de que el ciclo histórico iniciado con los Reyes Católicos y culminado con Carlos V y Felipe II habría entrado en su fase terminal. Desde entonces, el final del siglo XVII español fue leído durante mucho tiempo como un largo epílogo: una época de agotamiento político, militar y moral en la que la grandeza pasada se disolvía entre derrotas, bancarrotas y humillaciones diplomáticas.
A esa visión estructural de declive se sumó la figura de Carlos II, convertido por la historiografía tradicional en símbolo viviente de la ruina del Imperio. Enfermo desde la infancia, de complexión frágil y con evidentes limitaciones físicas e intelectuales, el último Austria fue presentado como un rey incapaz de gobernar, sometido a la voluntad de validos, camarillas y potencias extranjeras, ajeno a los verdaderos resortes del poder y prisionero de una corte dominada por intrigas. El tópico del «Hechizado» cristalizó así en una imagen casi alegórica: el monarca impotente, como metáfora del Estado exhausto, el cuerpo enfermo del rey reflejando el cuerpo político en descomposición.
Frente a esta lectura lineal y estereotipada, la obra de Luis Ribot se propone desmontar el paradigma simplificador de la decadencia absoluta. Sin negar la crisis ni las graves dificultades del periodo, el autor se aleja de la identificación mecánica entre debilidad del monarca y hundimiento de la Monarquía para ofrecernos una reconstrucción matizada, apoyada en una vasta base documental y en décadas de renovación historiográfica. Carlos II. El final de la España de los Austrias se inscribe así en una corriente que busca comprender el reinado no como un simple epílogo patético, sino como un tiempo de transición, de reformas, de resistencias y de adaptación a un orden europeo profundamente transformado.
Como explica Ribot en la introducción de su libro: «Uno de los hechos más sorprendentes de nuestra historia ha sido el olvido durante mucho tiempo del reinado de Carlos II, un periodo por el que los historiadores pasaban sobre ascuas, saltando lo más rápido posible los treinta y cinco años en que ocupó el trono, para enlazar el reinado de Felipe IV con la llegada de Felipe V y la Guerra de Sucesión. Dicho olvido se debe en buena medida al peso enorme que ha tenido el modelo historiográfico de la decadencia, hoy en vías de superación gracias a la labor de buen número de investigadores; un modelo, que, aunque afectaba a todo el siglo XVII español, encontraba su fase culminante en el reinado de Carlos II y en la propia persona del rey, perfecta encarnación humana de esa terrible decadencia. Conviene aclarar no obstante, y desde un principio, que la decadencia fue real. Basta para comprobarlo, entre otros varios aspectos, la comparación del papel internacional de la España de aquellos años con el de un siglo atrás, durante el reinado de Felipe II. Lo que hay que desechar es la perspectiva historiográfica o el paradigma de la decadencia, cuyo predominio ha teñido de negro durante mucho tiempo la visión del reinado de Carlos II, y ha desviado la atención de los historiadores, de forma similar a como, en el campo de la óptica, el color negro rechaza la luz».
El primer gran bloque del libro analiza la regencia de Mariana de Austria (1665-1677) y los años de minoría del monarca. Ribot muestra cómo, lejos de ser un simple periodo de parálisis, estos años estuvieron marcados por una intensa actividad política, por la búsqueda de equilibrios entre facciones y por los primeros intentos de estabilización tras las convulsiones del reinado de Felipe IV. La figura del niño-rey, educado en un ambiente de extrema protección y ritualización, permite al autor reflexionar sobre los límites de la monarquía compuesta, la centralidad de la corte y el papel decisivo de los consejos y de la alta nobleza en el gobierno cotidiano. La caída de Nithard, el ascenso de don Juan José de Austria y las tensiones entre la reina gobernadora y los grandes ilustran un sistema político que, aun debilitado, seguía funcionando mediante mecanismos de negociación y de consenso.
El segundo bloque, dedicado al «auge del reformismo» (1677-1691), es uno de los más sugerentes. Ribot subraya el esfuerzo por racionalizar la Hacienda, estabilizar la moneda, reorganizar el ejército y mejorar la administración, especialmente bajo los ministerios de Medinaceli y Oropesa. Frente a la imagen de un rey ausente, el autor documenta una participación creciente de Carlos II en el despacho de los asuntos, en las audiencias diplomáticas y en la toma de decisiones, aunque siempre dentro de un marco colegiado. En política exterior, la Monarquía aparece como una potencia en retroceso relativo, pero aún capaz de articular alianzas, sostener ejércitos numerosos y defender un vasto patrimonio territorial frente a la presión de Luis XIV.
El tercer bloque aborda la década final, marcada por el gobierno de Mariana de Neoburgo, la cuestión sucesoria y el contexto internacional de los tratados de reparto. Ribot analiza con detalle la política de fortificaciones, la defensa de los Países Bajos, el papel de España en las coaliciones antifrancesas y la resistencia de una Monarquía que, aunque sin hegemonía, conservaba aún una notable capacidad militar, financiera y diplomática. La cuestión sucesoria se presenta no como el resultado de la debilidad de un rey manipulado, sino como una decisión trágica, condicionada por la lógica de la razón de Estado, el temor a la desmembración y la presión de las potencias europeas.
En conjunto, el libro ofrece una visión compleja y equilibrada del reinado de Carlos II. La decadencia existió, pero no fue sinónimo de colapso; la debilidad personal del monarca fue real, pero no anuló por completo su papel político; la Monarquía perdió la hegemonía, pero conservó durante décadas una notable capacidad de resistencia y adaptación. Ribot demuestra que el final de los Austrias no fue simplemente una agonía, sino también un tiempo de reformas, de reconfiguración institucional y de redefinición del lugar de España en Europa. Al devolver densidad histórica a un periodo largo tiempo despreciado, la obra contribuye decisivamente a superar la lectura caricaturesca del «Hechizado» y a comprender el tránsito entre dos dinastías como un proceso histórico de enorme complejidad.
Concluimos con esta reflexión del autor que sintetiza las ideas de su trabajo: «En cuanto a su reinado, cuanto hemos visto muestra claramente que no fue ese periodo oscuro y decadente que se despreció y olvidó durante mucho tiempo, aunque fuera difícil y crítico, con cierto aire de epílogo de una fase de hegemonía ya concluida, y de casi irremediable fin de ciclo. No solo por la evidente dificultad de mantener la integridad territorial de su Monarquía; también por la convicción creciente de que el rey no habría de tener sucesión, lo que daría lugar a un tiempo nuevo, y en consecuencia incierto. Todo ello —junto con los numerosos problemas heredados— ayudó a que surgieran numerosas iniciativas, reformas, e intentos diversos, y a que hubiera aciertos y errores. Algunas de las políticas que habrían de aplicar los reyes de la Casa de Borbón se iniciaron entonces. Como ha señalado María Victoria López Cordón, “La gran paradoja fue que en tiempos de un rey débil naciera un proyecto de monarquía que también hubiera sido distinta aunque no hubiera habido guerra”, a lo que yo añadiría que la Monarquía habría cambiado asimismo en el caso de que el rey hubiera engendrado un sucesor y no se hubiese producido, por tanto, el cambio dinástico. Fue, en definitiva, una época con aspectos positivos y negativos, como todas, lejos del tinte negro que ha servido para caracterizarla durante tanto tiempo; un período que puede analizarse correctamente recurriendo a una amplia gama de colores, incluido el negro. En cualquier caso, quisiera concluir con una constatación evidente. Si la decadencia hubiera sido tan grande como durante mucho tiempo se ha dicho, y por muy notable que hubiera podido ser la recuperación en el tiempo de los primeros Borbones, no resultaría posible explicar la importancia de España en el siglo XVIII, como tampoco el mantenimiento de sus extensas posesiones ultramarinas, que no perdería hasta el siglo XIX».
Catedrático de Historia Moderna de la UNED, y anteriormente de la Universidad de Valladolid (1987-2005), es Premio Nacional de Historia de España (2003), y miembro de número de la Real Academia de la Historia. Ha estudiado la revuelta de Mesina, a la que ha dedicado dos libros: La revuelta antiespañola de Mesina. Causas y antecedentes (1591-1674) (1982); y La Monarquía de España y la guerra de Mesina (1674-1678) (2002). Es autor, asimismo, de numerosos capítulos de libros y artículos sobre la Monarquía española de los Austrias, el reinado de Carlos II, el gobierno del reino de Sicilia, las revueltas, la guerra, el ejército y la organización militar en los siglos XVI y XVII. Una selección de esos textos ha sido editada con el título: El arte de gobernar. Estudios sobre la España de los Austrias (2006). En Metahistoria hemos reseñado sus libros: Europa y los tratados de reparto de la Monarquía de España, 1668-1700 (cuya reseña puedes leer aquí). También puedes leer la entrevista que le hicimos aquí.
*Publicado por Marcial Pons Ediciones de Historia, noviembre 2025.

