El rostro de la tiranía
Unai Iriarte

Cuando pensamos en la Grecia clásica, casi de manera automática evocamos el nacimiento de la democracia. Atenas, Pericles, la Asamblea, el debate público, la participación del demos: todo ello forma parte de una imagen poderosa y persistente, para la que el siglo V a. C. habría representado la quintaesencia de las virtudes democráticas. En esa escena imaginaria, la experiencia ateniense aparece como uno de los momentos culminantes del desarrollo de un sistema político que, con múltiples transformaciones, llega hasta nosotros. Grecia sería así el punto de partida de la tradición occidental de gobierno compartido.

Sin embargo, esa imagen luminosa corre el riesgo de ocultar una realidad más compleja. La democracia ateniense fue, en muchos sentidos, un oasis dentro de un paisaje político mucho más variado y convulso. En el mundo griego convivieron monarquías, aristocracias, oligarquías, repúblicas y, por supuesto, tiranías. No solo eso: los grandes pensadores de la época —Platón y, sobre todo, Aristóteles— reflexionaron de forma sistemática sobre las distintas formas de gobierno, analizando sus virtudes y sus vicios, sus derivas y sus transiciones. La política no era un dogma, sino un campo de observación y debate permanente.

Entre esos regímenes emerge la tiranía. Hoy, el término tiene mala prensa. Se asocia a un poder cruel, arbitrario y despótico; a un gobierno personal ejercido al antojo del tirano y sostenido mediante la violencia. Un tirano sería algo peor que un dictador, como si encarnara una forma extrema de degradación política. Por el contrario, el mundo occidental actual lo integran democracias que, aunque no atraviesan su mejor momento y son objeto de crecientes críticas, representan el resultado de un largo proceso histórico que ha intentado dar voz al pueblo. Y, sin embargo, cuando esas democracias se muestran incapaces de responder a los problemas sociales, no faltan quienes escuchan con simpatía los cantos de sirena de un liderazgo fuerte que “ponga orden” en el caos. Es precisamente esa tensión entre pasado y presente donde se sitúa el libro de Unai Iriarte.

El rostro de la tiranía. Lo que la antigua Grecia nos enseña sobre el poder autocrático es un ensayo ameno y accesible que sintetiza con claridad conceptos políticos complejos y ofrece una visión cercana y nítida al lector no especializado sobre qué fue la tiranía en el mundo clásico y qué importancia tuvo. Iriarte desmonta simplificaciones, contextualiza los testimonios antiguos y, sin perder rigor historiográfico, conecta de forma recurrente el análisis del pasado con los debates del presente. La obra no se limita a describir a los tiranos griegos, sino que indaga en cómo surgieron, cómo se legitimaron y cómo fueron recordados, invitando al lector a repensar sus propias categorías políticas y a examinar con mayor cuidado los discursos contemporáneos sobre el poder fuerte.

Así sintetiza el autor la estructura de su obra: “Proponemos al lector un viaje, no al exilio, sino uno de ida y vuelta similar al que hizo Ulises entre Troya e Ítaca. Eso sí, nuestro itinerario empieza en Lidia, una región situada más al sur de Troya, en la costa oriental de Asia Menor, en la actual Turquía. Todo viaje debe comenzar con las herramientas necesarias para llevarlo a buen término, nadie sale a la mar sin un barco o sin remos. Por ello, en el primer capítulo abordaremos los conceptos más importantes asociados a las antiguas tiranías, que surgieron en Grecia entre los siglos VII y IV a. C. Este viaje nos llevará a atracar en diferentes puertos, en lugares históricos de la geografía helena en donde hubo un tiempo en el que sus poblaciones permitieron, facilitaron o no pudieron impedir el ascenso de un tirano como líder de su gobierno. Pero nada dura para siempre y, una vez analizados los términos más importantes, las particularidades del surgimiento de estos regímenes, los motivos de su continuidad y su posterior caída, finalizaremos el trayecto regresando en el último capítulo a nuestra Ítaca particular, el mundo actual”.

El libro del profesor Iriarte se divide en cuatro capítulos, que se pueden condensar en tres grandes bloques. El primero —centrado en cómo identificar una tiranía— parte de una premisa fundamental: antes de condenar un régimen, conviene entender qué es y qué no es. Iriarte recorre la clasificación aristotélica de los sistemas políticos y muestra cómo la tiranía fue calificada de degenaración de la monarquía, es decir, el gobierno de uno en beneficio propio y no del bien común. Pero el autor no se limita a repetir el esquema clásico; lo problematiza. Explora el uso temprano del término tyrannos en la poesía arcaica, donde no siempre tenía una connotación peyorativa, y subraya cómo el significado negativo cristaliza con el tiempo, en gran medida gracias a la sistematización aristotélica. Comprender esta evolución semántica resulta clave para no proyectar sin matices nuestras categorías actuales sobre la Antigüedad.

El segundo bloque se adentra en el ascenso de los tiranos antiguos. Desde Giges de Lidia hasta los Pisistrátidas en Atenas o las dinastías tiránicas de Siracusa, Iriarte reconstruye cómo surgieron estos regímenes en contextos de conflicto entre élites, crisis económicas y demandas populares insatisfechas. Lejos de la caricatura del tirano como usurpador aislado, el autor muestra que muchos accedieron al poder con amplios apoyos sociales. Se presentaban como reformadores, redistribuían tierras, promovían grandes construcciones, patrocinaban cultos y festividades y reforzaban su legitimidad mediante alianzas estratégicas. La tiranía fue, en numerosos casos, una forma de liderazgo personal que canalizaba tensiones estructurales más profundas.

El tercer bloque aborda la anatomía del poder personal y su declive. Iriarte analiza la psicología del tirano, su relación con la ley —que a menudo aparenta respetar, mientras la adapta a su conveniencia— y los mecanismos de control que emplea: guardias personales, mercenarios, propaganda religiosa y obras públicas como instrumentos de cohesión y prestigio. Pero también estudia el ocaso de estos regímenes, cuando la coacción sustituye al consenso y la represión se convierte en forma habitual de gobierno. El libro concluye con una reflexión sobre el eco de los déspotas en la tradición occidental, mostrando cómo el miedo a la tiranía ha resurgido una y otra vez, desde la Grecia clásica hasta los debates contemporáneos sobre democracia y autocracia.

El rostro de la tiranía es, en definitiva, una invitación a pensar históricamente el poder. Al desmontar el tópico de que todas las tiranías fueron idénticas y al recordar que muchas surgieron con apoyo popular y promesas de regeneración, el libro nos obliga a reconocer la complejidad de los procesos políticos. Grecia no fue únicamente la cuna de la democracia; fue también el escenario donde se ensayaron formas de poder personal que dejaron una profunda huella en la tradición occidental. En un tiempo en el que la palabra “tirano” se emplea con ligereza y la democracia es cuestionada desde múltiples frentes, recuperar la reflexión antigua sobre los regímenes políticos no es un ejercicio erudito, sino una necesidad intelectual.

Unai Iriarte Asarta (Abárzuza, Navarra) es doctor en Historia Antigua por la Universidad de Sevilla, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado por su tesis sobre la tiranía de los Pisistrátidas. Ha realizado múltiples estancias de investigación en universidades como Harvard, Oxford, Cornell o Bolonia, e instituciones como la Escuela Americana de Estudios Clásicos de Atenas (ASCSA). Autor de diversos estudios sobre la antigua Grecia, lleva más de una década publicando y participando en congresos nacionales e internacionales. En la actualidad compagina la investigación académica y divulgativa con la docencia universitaria.

*Publicado por Esfera de los Libros, enero 2026.