El ascenso de Hitler al poder. 1932-1933
Timothy W. Ryback

Una de las cuestiones más desconcertantes —y, al mismo tiempo, más inquietantes— del nazismo alemán es la forma en la que Adolf Hitler llegó al poder. No lo hizo mediante un golpe de Estado ni a través de una revolución violenta que demoliera de manera abrupta el orden constitucional. Por el contrario, su ascenso se produjo dentro de los cauces formales de la legalidad de la República de Weimar. Hitler participó en elecciones libres, aceptó —al menos en apariencia— las reglas del juego democrático y supo presentarse como un actor político más en un sistema parlamentario en crisis. Todo ello mientras desplegaba en las calles una retórica agresiva, un discurso intimidatorio y una violencia política constante que minaban la convivencia democrática. Nada estaba predeterminado: Hitler pudo no haber sido nombrado canciller, y durante meses su carrera política pareció avanzar hacia un callejón sin salida.

A este carácter paradójico del ascenso nazi se suma el error de cálculo de las élites tradicionales alemanas. Políticos conservadores, altos funcionarios, militares y notables del viejo orden creyeron que podían controlar a Hitler, utilizarlo como un instrumento contra la izquierda y neutralizarlo una vez integrado en el gobierno. Pensaron que la responsabilidad institucional lo moderaría, que el cargo lo domesticaría y que acabaría convertido en una figura decorativa, manejable y prescindible. Sucedió exactamente lo contrario. Hitler supo explotar las divisiones internas, el oportunismo y la ceguera estratégica de quienes lo rodeaban, convirtiendo cada concesión en un paso más hacia el poder absoluto. Mucho se ha escrito sobre este proceso, pero el historiador Timothy W. Ryback ha elaborado un trabajo excepcionalmente minucioso sobre los meses decisivos —entre abril de 1932 y enero de 1933— en los que la República de Weimar sentó las bases de su propia destrucción.

El ascenso de Hitler al poder. 1932-1933 no es una historia general del Tercer Reich ni una biografía clásica de Hitler. Es, ante todo, el estudio de un proceso político concreto y limitado en el tiempo, analizado con una precisión casi microscópica. En 1932 se celebraron en Alemania tres elecciones decisivas. En las presidenciales de abril, Hitler fue derrotado de manera contundente por Paul von Hindenburg. En las legislativas de julio, el Partido Nazi fue el más votado, pero con un 37,3 % de los sufragios, insuficiente para formar gobierno. En las elecciones de noviembre volvió a imponerse, aunque perdió dos millones de votos y 34 escaños respecto a julio. El partido estaba asfixiado por las deudas, su líder profundamente desmoralizado —llegó a hablar de suicidio— y buena parte de la prensa, incluido The New York Times, lo daba por acabado. Y, sin embargo, apenas dos meses después, Hitler era nombrado canciller del Reich.

Así lo explica el autor del libro: “Se ha dicho que la República de Bismark murió dos veces. La asesinaron y se suicidó. El asesinato no tiene demasiado misterio. Hitler juró destruir la democracia a través del proceso democrático y así lo hizo. Pero un acto de suicidio de Estado es más complicado, sobre todo cuando se trata de una república democrática plenamente dotada de garantías constitucionales, libertades civiles, respeto el proceso debido, libertad de prensa y referéndums públicos. Y eso nos deja con la pregunta de si alguna democracia habría soportado un ataque contra sus estructuras y sus procesos a manos de un demagogo tan encarnizadamente decidido como Hitler. ¿Una constitución mejor concebida habría sido menos susceptible de una instrumentalización dictatorial? ¿Un electorado menos polarizado habría sido más resiliente a la manipulación partidista? ¿ Unos líderes políticos más comprometidos con los valores democráticos habrían podido constituir un baluarte frente a las tendencias más extremistas? ¿O bien un jefe de Estado más joven y menos cansado de vivir habría sido capaz de guiar a la nación a través de la inestabilidad política y económica de aquellos años hasta unos tipos más estables?

En el primer bloque de la obra, Ryback reconstruye con enorme detalle el contexto político de la Alemania de 1932, una democracia que seguía funcionando formalmente, pero cuyos cimientos estaban profundamente erosionados. A partir de materiales de archivo hasta ahora inaccesibles, el autor sigue el pulso de la política alemana semana a semana, día a día y, en ocasiones, hora a hora. El lector asiste a reuniones privadas, conversaciones telefónicas, memorias personales y maniobras de despacho que revelan un sistema institucional bloqueado, incapaz de ofrecer estabilidad y cada vez más tentado por soluciones excepcionales. La República de Weimar aparece así no como una democracia muerta, sino como una democracia fatigada, vulnerable y mal defendida por quienes estaban llamados a preservarla.

El segundo bloque se centra en el núcleo del libro: las negociaciones políticas que hicieron posible el nombramiento de Hitler como canciller. Ryback analiza con extraordinaria precisión la secuencia de intentos fallidos de integrar a los nazis en gobiernos de coalición y cómo Hitler, rechazado en varias ocasiones, supo convertir cada revés en una oportunidad. En términos estrictamente electorales, Hitler ganó una batalla y perdió dos. Perdió las presidenciales de abril, no logró la Cancillería tras la victoria de julio y su partido retrocedió en noviembre. Sin embargo, el autor muestra cómo Hitler supo resistir, sembrar dudas, explotar las rivalidades entre Papen y Schleicher y presentarse, finalmente, como el mal menor en un sistema político paralizado. La democracia no fue derrocada: fue utilizada hasta el límite de su resistencia.

El tercer bloque aborda el error fatal de las élites conservadoras. Ryback disecciona la convicción —tan extendida como equivocada— de que Hitler podía ser domesticado desde dentro del sistema. Pactos secretos, alianzas improbables, traiciones inesperadas, una auditoría fiscal inoportuna y un fin de semana decisivo terminaron inclinando la balanza. El autor afirma que el nombramiento de Hitler no fue el resultado de una presión popular irresistible, sino de una cadena de decisiones cortoplacistas tomadas por hombres que aspiraban a utilizar al líder nazi sin pagar un precio demasiado alto. Creyeron que gobernarían a Hitler; fue Hitler quien acabó gobernándolos a ellos.

El ascenso de Hitler al poder es, al mismo tiempo, un libro de historia y un libro para el presente. Ryback demuestra que el derrumbe de la República de Weimar no fue inevitable ni repentino, sino el resultado de una acumulación de errores, concesiones y cálculos fallidos. La gran lección del libro es incómoda pero necesaria: Hitler no tomó el poder; a Hitler le ofrecieron el poder. En una época marcada por la desafección política, la polarización y la tentación autoritaria, esta obra obliga a reflexionar sobre la fragilidad de las democracias y sobre el peligro de creer que el extremismo puede ser utilizado como una herramienta más del juego político sin consecuencias devastadoras.

Timothy W. Ryback lleva más de tres décadas escribiendo sobre historia y política. Es autor de Hitler’s Private Library y de The Last Survivor. Sus trabajos han aparecido en The New Yorker, The New York Times Magazine, The Wall Street Journal, The Atlantic y Financial Times. Es cofundador y director del Instituto para la Justicia Histórica y la Reconciliación, en La Haya.

*Publicado por Galaxia Gutenberg, noviembre 2025.