El primer fascista
Sergio Luzzatto

El imaginario popular suele situar el nacimiento del fascismo en la llegada de Adolf Hitler al poder. Quien conozca algo mejor la historia del siglo XX quizá retroceda unos años y fije el origen en Benito Mussolini, en sus fasci di combattimento o en la Marcha sobre Roma de 1922. Pero lo cierto es que el fascismo no nació de un solo acontecimiento ni irrumpió plenamente formado en una fecha concreta. Fue, más bien, una corriente que fue impregnando lentamente a las sociedades europeas: crisis tras crisis, guerra tras guerra, derrota tras derrota, humillación tras humillación. Hasta que una parte considerable de la población, hastiada de un presente asfixiante y de un futuro sin promesas, se arrojó al mar del totalitarismo guiada por los cantos de sirena de movimientos que prometían orden, comunidad, grandeza nacional y castigo para los culpables. Aquellos partidos, minúsculos en sus orígenes, fueron creciendo sobre el humus del desencanto, la frustración social y el miedo. Sus líderes comprendieron que la política moderna ya no se libraba solo en los parlamentos, sino también en la calle, en los cuerpos movilizados, en la violencia organizada y en la fabricación de enemigos.

Tampoco aquellos líderes fueron tan originales como a veces se cree. Antes de Mussolini y de Hitler hubo personajes que, de forma consciente o intuitiva, ensayaron una parte del repertorio ideológico, simbólico y práctico que después desembocaría en los fascismos del siglo XX. No formularon todavía una doctrina sistemática ni construyeron partidos de masas capaces de tomar el Estado, pero sí anticiparon algunos de sus rasgos esenciales: nacionalismo extremo, antisemitismo político, populismo plebeyo, culto al jefe, desprecio por el parlamentarismo, fascinación por la violencia, apelación a una supuesta solidaridad interclasista y búsqueda de un enemigo al que responsabilizar de todos los males. El odio a los judíos, además, no fue una invención del siglo pasado; constituye una de las constantes más sombrías de la historia europea. Lo novedoso, en la Europa de fin de siglo, fue su transformación en programa político moderno, capaz de movilizar masas, articular resentimientos y presentarse como respuesta a los males de la democracia liberal, el capitalismo financiero y la sociedad de masas.

Entre esos pioneros aparece Antoine-Amédée-Marie-Vincent Manca de Vallombrosa, más conocido como el marqués de Morès. Aristócrata, aventurero, empresario, ranchero en Dakota, expedicionario en África, nacionalista francés, agitador antisemita y hombre de acción, Morès pertenece a esa categoría de personajes que parecen inverosímiles incluso cuando son rigurosamente reales. Recorrió medio mundo, fracasó y triunfó a partes casi iguales, fue admirado y detestado, se movió entre salones aristocráticos, praderas americanas, proyectos ferroviarios asiáticos, conspiraciones políticas parisinas y expediciones saharianas. Su vida permite leer una centuria en transformación acelerada, en la que lo antiguo convivía con lo más moderno: el honor nobiliario con la sociedad de masas, el duelo con la prensa popular, el colonialismo con la globalización económica, la violencia privada con la política de partidos. La biografía de Sergio Luzzatto no se limita a rescatar una vida novelesca; muestra cómo esa existencia extrema anticipó parte de las sombras que marcarían el siglo siguiente.

La importancia de El primer fascista reside precisamente en ese desplazamiento de la mirada. Luzzatto no pretende decir que Morès inventara el fascismo ni que de él derive linealmente todo cuanto vino después. El propio libro advierte que el historiador debe tener cuidado de no confundir filiación con explicación. Pero sí sostiene que Morès fue uno de los primeros en intentar gestionar esa mezcla de odio racial, solidaridad interclasista fingida y violencia paramilitar organizada que Mussolini bautizaría más tarde como fascismo. La tesis es poderosa porque obliga a mirar más atrás de 1914, más atrás de la posguerra italiana, más atrás incluso de la crisis alemana de entreguerras. Sitúa algunas raíces del fascismo en la Francia de finales del XIX, en el clima posterior al caso Dreyfus, en la derecha revolucionaria, en el antisemitismo político y en la aparición de nuevas formas de acción callejera. En este sentido, la obra no es solo una biografía, sino una genealogía inquietante del extremismo moderno.

El primer gran eje del libro es la construcción del personaje. Luzzatto presenta a Morès como un aristócrata educado en la cultura del honor, la jerarquía y la misión civilizadora, pero arrojado a un mundo que ya no funciona según las reglas del Antiguo Régimen. Su paso por Saint-Cyr, donde coincidió con el futuro mariscal Pétain, es más que una anécdota: permite conectar la cultura militar francesa del último tercio del siglo XIX con la posterior memoria colaboracionista de Vichy. El prólogo, situado en Cannes en 1942, es especialmente revelador: en plena Segunda Guerra Mundial, las autoridades locales del régimen de Pétain deciden bautizar oficialmente un jardín con el nombre del marqués, convertido ya en precursor, mártir y símbolo de una Francia antisemita que se reconocía en su legado. La escena funciona como una puerta de entrada magnífica al libro: no comenzamos con el nacimiento del protagonista, sino con su resurrección política en la Francia de Vichy.

El segundo eje sigue las aventuras y fracasos de Morès por varios continentes. En Estados Unidos intentó revolucionar la industria cárnica en las Dakotas y chocó con los grandes intereses económicos que controlaban el comercio entre Chicago y Nueva York; en Asia se implicó en proyectos ferroviarios en la frontera sinovietnamita; en África buscó una empresa colonial que acabó conduciéndolo a la muerte. Esta dimensión aventurera, casi cinematográfica, no es un simple adorno narrativo. Luzzatto muestra cómo cada experiencia alimentó su visión del mundo: la pradera americana le enseñó la eficacia de la intimidación privada; el fracaso empresarial reforzó su odio hacia las élites financieras; el colonialismo le proporcionó un escenario para representar su idea de Francia; y la política parisina le permitió convertir la frustración social en agitación antisemita. Morès fue, como tantos extremistas posteriores, un perdedor convencido de estar destinado a una misión grandiosa. Y precisamente por eso su fracaso resulta históricamente instructivo.

El tercer eje es el más inquietante: la conversión de una vida excéntrica en anticipo de una política de masas. Morès no fue solo un aventurero reaccionario ni un antisemita más dentro de una larga tradición europea. Fue, según Luzzatto, uno de los primeros líderes occidentales en combinar populismo, antisemitismo y violencia organizada. Reclutó carniceros y matarifes en París, los movilizó como fuerza de choque y comprendió el poder político del cuerpo, la imagen, el gesto y la intimidación. Sus hombres, con sus blusas azules manchadas de sangre animal, parecen anticipar, de forma todavía rudimentaria, las camisas negras de Mussolini o las camisas pardas de Hitler. Ahí reside uno de los hallazgos centrales del libro: el fascismo, antes de ser un régimen, fue una práctica; antes de ser doctrina cerrada, fue acción, violencia, teatralidad, estética del jefe y movilización del resentimiento.

El primer fascista es, por tanto, mucho más que la biografía de un personaje extravagante. Es una obra sobre los orígenes culturales de la política contemporánea más oscura. Luzzatto reconstruye con brillantez la vida de un hombre que pudo parecer marginal, incluso fracasado, pero que anticipó algunos mecanismos decisivos del siglo XX: la fabricación del enemigo interior, la apelación a los humillados, la confusión entre justicia social y odio racial, la privatización de la violencia y la conversión del líder en espectáculo. Su lectura deja una impresión incómoda: los grandes desastres históricos no nacen de la nada ni aparecen de golpe. Antes de convertirse en régimen, antes de llenar plazas y estadios, antes de conquistar Estados, las ideologías destructivas ensayan lenguajes, gestos y formas de acción. Morès fue uno de esos ensayos. Y por eso su historia, aunque pertenezca al siglo XIX, nos habla todavía con una inquietante cercanía.

Sergio Luzzatto ostenta la cátedra Emiliana Pasca Noether de Historia Moderna de Italia en la Universidad de Connecticut. Es doctor por la Scuola Normale Superiore de Pisa y por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Durante casi veinte años fue profesor titular de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Turín. Sus publicaciones abarcan desde la reacción de Termidor hasta el Risorgimento italiano y desde la Francia de entreguerras hasta la posguerra italiana, siempre dentro de un marco historiográfico más amplio: los orígenes y transformaciones del pensamiento político en la Europa moderna. En 2011 ganó el premio Cundill de Historia. Entre sus obras destacamos su tetralogía sobre la Revolución francesa: Mémoire de la Terreur (1991), L’impôt du sang (1996), L’automne de la Révolution (2001) y Bonbon Robespierre (2010), y diversos títulos sobre historia italiana: Partisanos (2015), El cuerpo del duce (2020), Padre Pio (2010), Dolore e furore. Una storia delle Brigate rosse (2023) y Primo Levi e i suoi compagni. Tra storia e letteratura (2024).

*Publicado por Pasado&Presente, marzo de 2026. Traducción de Marc Figueras.