PANOFSKY - ALIANZA - RENACIMIENTO PANOFSKY
Renacimiento y Renacimientos en el arte occidental
Erwin Panofsky

Formado en la Universidad de Friburgo, graduado en 1914 con una tesis sobre Alberto Durero, fiel seguidor de Aby Warburg, alumno de Ernst Cassirer y exiliado a los EE.UU. tras la llegada a Alemania del nacionalsocialismo cuando impartía clases en la Universidad de Hamburgo, Erwin Panofsky (1892-1968) es, todavía a día de hoy, con todos los matices y peculiaridades, uno de los historiadores del arte más relevantes que han dado las Humanidades.

Leon B. Alberti (Sant'Andrea, 1472-92)Alianza Editorial ha vuelto a reimprimir Renacimiento y renacimientos en el arte occidental, un compendio de conferencias pronunciadas por Panofsky en el castillo de Gripsholm (Suecia) y materializadas gracias a la generosa contribución de D. S. Gottesman. La consecución fue sencilla. Él mismo propuso el tema a la Universidad de Uppsala y ésta accedió. De este modo la primera edición ve la luz en 1960 y dos años más tarde gracias, entre otras cosas, a la recensión de P. O. Kristeller en Art Bulletin, Panofsky revisa el texto para corregirlo y añade cierta información omitida hasta el momento. El resultado es la edición de 1964 tal y como Panofsky quiso completarla: cuatro textos en los que el autor se aproxima con toda su erudición al misterio del Renacimiento y su incidencia en el arte occidental.

En “Renacimiento. ¿Autodefinición o autoengaño?” comienza citando dos posturas contrapuestas. A un lado están los que piensan que la naturaleza humana es invariable en el tiempo, que no cambia (argumento monista); de otro, los restantes que, debido a la teoría de la evolución y la individualidad, sostienen imposible la reducción de las diferencias a un denominador común (argumento atomista). Los primeros son utópicos y los desecha; los segundos hacen surgir una serie de problemas intrínsecos a la tarea del historiador a la cual Panofsky, abiertamente, accede a analizar. Entendida la innovación como una alteración de lo establecido, Panofsky determina cómo adecuar los términos y las nomenclaturas del arte, qué período debe identificarse a través de lo individual y qué período no. Se trata en este capítulo de abordar el problema de las lindes cronológicas y, lo más importante, qué comprenden cada uno de los “megaperíodos”. El dilema viene de antiguo, ya que consiste en saber reconocer –como responsabilidad neta del historiador– cuándo, dónde y por qué cambian los paradigmas.

Para abordar la conferencia nuclear del volumen, “Renacimiento y Renacimientos”, toma como punto de partida la decisiva irrupción del Imperio Carolingio como responsable de la floración de una cultura que había estado sepultada a lo largo de los siglos, la clásica, cuya esencia radicaba en el cultivo de la palabra y de los manuscritos. Es lo que se conoce tradicionalmente como renovación (renovatio) carolingia. En este microensayo Panofsky reivindica el papel de lo medieval como garante y custodio de la por entonces silenciada tradición grecorromana.

Donatello (Museo Nazionale del Bargello)La tercera de las aportaciones toma la frase acuñada por Vasari en sus Vite cuando el artista e historiador aretino glosa la biografía de Cimabue: “I primi lumi. La pintura del Trecento italiano y su impacto sobre el resto de Europa”. En ella Panofsky se acerca a la pintura de los primitivos italianos e indaga en la influencia real sobre el desarrollo posterior de la pintura occidental situando, en margen equidistante, dato importante, las contribuciones de Giotto, Duccio, Arnolfo di Cambio (que Vasari identifica erróneamente con Arnolfo di Lupo), junto a la de los Pisani o los Cavallini. Asimismo sondea el mapa artístico de Europa con una profundidad que a todas luces es la que se espera, tiende lazos de respuesta y progresión, y, si bien su análisis se ha definido por lo contrario, en esta ocasión se centra esencialmente en el estilo.

La última conferencia –personalmente la juzgo más importante– versa sobre el siglo XV: “Rinascimento dell’Antiquità“. Si antaño pudo nombrarse un Renacimiento tal y como nosotros lo conocemos hoy, fue precisamente así: rinascere all’Antico, que no quiere decir otra cosa sino renacer hacia el futuro desde el pasado. Lo dice el propio Panofsky: no representa un cambio evolutivo, sino mutacional, esto es: repentino y permanente. No hablamos de los experimentos más o menos conscientes del Trecento; hablamos ya de artistas profesionales y formados que adoptaron una nueva dimensión natural del arte como Brunelleschi, Donatello o Masaccio, artífices en cuerpo y alma de una mentalidad a todas luces innovadora. Resulta de especial importancia dado que es la única conferencia en la que, de un modo sistemático, recurre a las fuentes y mete el dedo en la llaga del paradigma libresco. Las lettere antiche cobran todo el protagonismo en el fenómeno del Humanismo entendido este como una vuelta al sentido morfológico y filológico del término, algo impensable hasta Panofsky.

Duccio (Madonna Rucellai, 1285, Uffizi)En síntesis, este libro resiste perfectamente un análisis a todos los niveles, ya sea por los vericuetos académicos, ya sea por el estilo o ya sea, en última instancia, por el contenido. La sabiduría de Panofsky parece infinita y no hay página en la que no encontremos nuevas luces. Sin embargo, se echa en falta una reactualización de las notas y, sobre todo, de la bibliografía disponible en castellano. La reimpresión de este clásico de la historiografía del arte, a pesar de mostrarse tan fresco como hace más de cuarenta años, no muestra modernización alguna. Si bien en la edición de 2006 las notas se mantienen a pie de página (lo que, entre otras cosas, puede resultar de mayor utilidad para una investigación profusa y atenta), en esta se marginan al final del libro, lo que no obsta que estemos ante uno de los textos de mayor referencia en cuanto al fenómeno del Renacimiento se refiere. Panofsky será siempre un revolucionario, porque aunque fue esta una de las reivindicaciones más novedosas que produjo la historiografía del arte del momento –afirmar que existían otros renacimientos distintos del italiano–, no rehusó el trato de lo que todavía consideraba el germen de la conciencia moderna, una conciencia que él mismo definió implícitamente como transversal. De ahí su regreso a la problemática de la nomenclatura, por ejemplo, los orígenes del Trecento o la manía anticuaria de los primeros protagonistas del reverdecer clasicista. Desde luego estamos ante un texto que, si bien no atiende al perfil del lector convencional, pues se dirige netamente a un auditorio sistemático de investigación especializada, dio las primeras pautas para estudiar este fenómeno tan vivo incluso en nuestros días. Sencillamente una obra maestra de las Humanidades y un legado que el tiempo jamás podrá pagar.

*Publicado por Alianza Editorial, marzo 2014.

Mario S. Arsenal

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