RAMON ANDRES - ACANTILADO - LUTHIER DELFT
El luthier de Delft
Ramón Andrés

Del mismo modo que determinadas producciones literarias se transforman poco después en obras cinematográficas, hay libros que desde su origen bien podrían haber sido escritos en forma de pieza musical o haberse plasmado en un lienzo, sin perder ninguna de sus características esenciales. La obra de Ramón Andrés El luthier de Delft. Música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza* se encuentra entre estos últimos.

Con su contenido un buen artista holandés de la segunda mitad del siglo XVII podría haber pintado un espléndido lienzo de composición múltiple, al modo de la Fiesta aldeana de Jan Oteen, de la Escena Musical. Alegoría de la Amistad de Jan Voorhout, o de cualquiera de los lienzos de Brueghel el Viejo. El cuadro incluiría las claves de un relato –a la vez ensayo- que tanto tiene de historia de la música como de historia de otras bellas artes, especialmente de la pintura. Y relato, en todo caso, enmarcado en lo que sin duda puede considerarse como Historia en estado puro.

El libro toma su inicio de un pequeño (15,4 x 31.6) cuadro de Carel Fabritius “alumno de Rembrandt y uno de los faros de Vermeer“, fechado en 1652, que actualmente se exhibe en la National Gallery bajo el título A View of Delft, with a Musical Instrument Seller’s Stall. La obra de Fabritius –en la que, como bien afirma Ramón Andrés, “cabe una historia“- tiene dos partes bien diferenciadas: en la izquierda observamos un artesano (y vendedor) de instrumentos musicales, un luthier, sentado a la puerta de su establecimiento o taller en Delft, con actitud pensativa, junto a un mesa en la que se apoyan varios de sus instrumentos de cuerda; en la parte derecha del cuadro contemplamos, desde una determinada perspectiva, parte de la ciudad de Delft.

A partir de este cuadro, de la vida de Fabritius, de la historia y vicisitudes de Delft, la mirada se ensancha y Ramón Andrés dedica el primer y el segundo capítulos del libro a exponer, pincelada tras pincelada, ciertos rasgos característicos de la sociedad de los Países Bajos en aquella época, de sus artesanos, sus pintores, sus científicos, y sus pensadores (Spinoza). Le atraen de modo especial los fabricantes de espejos y los ópticos –además de los luthiers propiamente dichos- y cómo sus “reflejos” formaban parte de la ingente producción pictórica holandesa, que jugaba por entonces, y experimentaba en no pocas ocasiones, con los problemas de la perspectiva.

VERMEER LECCION MUSICA INTERRUMPIDANo deja de ser una coincidencia que el Museo Thyssen-Bornemisza dedicara una de sus exposiciones temporales del año 2013, denominada Reflejos. De Van Eyck a Magritte, a la pintura reflejada en los espejos, exposición cuyo catálogo subrayaba cómo “[…] este objeto se convirtió en un instrumento imprescindible del taller y muchos artistas neerlandeses, de Van Eyck a Vermeer, dejaron constancia de ello en sus obras“. Sobre el renombrado espejo que ocupa el centro de Los esposos Arnolfini de Van Eyck (también citado en aquel catálogo), el libro que comentamos contiene sus propias reflexiones.

Lo cierto es que el libro de Ramón Andrés es en muy buena parte un paseo gozoso por la pintura holandesa, con especial detenimiento y predilección por la de Johannes Vermeer, de la que el auto entresaca –y comenta con gran altura- las muy abundantes obras, junto con otras de la misma escuela, cuyos lienzos contienen o bien instrumentos musicales o bien escenas en las que la música juega un papel clave.

Es significativo, por ejemplo, que de los treinta y pocos cuadros que subsisten de Vermeer, una parte considerable estuviera dedicada precisa y específicamente a temas musicales: al menos dos Damas al Virginal (una de ellas denominada la Lección de Música), El Concierto, La Lección de música interrumpida, Mujer con laúd, Mujer tocando la guitarra, son otros tantos lienzos que lo acreditan, al margen de que es frecuente en el resto de sus deliciosos interiores –en los que, afirma Ramón Andrés, “se respira una calma difícil de definir“- la presencia de instrumentos musicales.

A partir del capítulo III (La entrada en el taller) el contenido del libro se centra en lo propiamente musical, examinado desde el punto de vista histórico. La entrada en el taller de violería –que bien pudiera ser el que nos pinta Fabritius- da pie al estudio de las maderas –preciosas la mayor parte- empleadas y de cómo los comerciantes holandeses conseguían traerlas de ultramar. Describe también cómo los artesanos fabricaban los instrumentos (laúdes, violines, violas de gamba, tiorbas, espinetas, virginales, entre otros) que aún podemos apreciar en los lienzos de la época.

El capítulo IV (Afinar un instrumento) nos ilustra sobre algo en apariencia sólo técnico (las frecuencias en hertzios por segundo de las notas musicales predominantes según las diferentes épocas) para, enseguida, introducirnos en la sonoridad de los instrumentos empleados y, una vez más, en las escenas musicales de los artistas contemporáneos de Fabritius. El interior de la obra cumbre (ex aequo con la Vista de Delft) de Vermeer El Arte de la Pintura le sirve de trasfondo.

Los capítulos V y VI (La música de las mujeres y El Virginal) utilizan de nuevo la producción pictórica holandesa para ilustrar cómo en aquella sociedad la música formaba parte de la educación femenina (de las clases acomodadas y burguesas) y narrarnos la historia de un instrumento musical hoy en desuso, el virginal, que en numerosos lienzos –por ejemplo, en los ya reseñados de Vermeer- son tocados por jóvenes, de pie en algunos casos, sentadas en la mayoría.

DAMA VIRGINAL VERMEEREl capítulo VII está dedicado a Sweelinck, el compositor holandés fallecido en 1621 a quien sus contemporáneos llamaban “el Orfeo de Ámsterdam” y cuyas composiciones para teclado (“música de orden geométrico” según Ramón Andrés) forman ya parte destacada de la historia de la música. Sweelinck, organista en ciudades de culto calvinista que rehusaban acompañar la liturgia con composiciones musicales (“el sínodo de 1578 pretendió retirar los órganos de los templos“, nos relata el autor) y él mismo “fabricante de organistas“, marcó una ruta que después transitaría Bach, cuyos vínculos genealógicos –musicalmente hablando- con el compositor holandés se ponen de manifiesto. Ruta en la que, a su vez, “las variaciones sobre un bajo obstinado”de los autores ingleses que contiene el Fitzwilliam –tributarios de la obra de Antonio de Cabezón, músico de quien tras haber sido consorte en Londres, por su matrimonio con Mary, Queen of England, sería Felipe II de España- influyeron en Sweelinck,

En el último capítulo (VIII) Ramón Andrés propone un “Museo musical“, una colección espectacular de autores holandeses que, no figurando en los precedentes, pintaron cuadros de temas musicales. Cornelis Bega (Mujer tocando el laúd), Jan Verkolje (Dúo interrumpido, Descanso en la sesión musical y Músico de viola de gamba), Abraham Bolematter (El flautista), Hendrik Terbrugghem (Laudista y cantante, Violista de gamba con una copa de cristal, El flautista), Gerrit van Honthorts (Cena con música, Tañedora de viola de Gamba, Dos músicos ancianos), entre otros muchos, figuran en esta particular pinacoteca, expresiva de la presencia habitual de la música en la sociedad holandesa de la época. (A título de sugerencia, ¿sería posible en una futura edición numerar las reproducciones de los cuadros que acompañan al texto e incluirlas en un índice?).

La “Pequeña biblioteca con dedicatorias” que concluye el libro es un complemento que, lógicamente, no sustituye en modo alguno a su lectura (“en verdad, bastaría con mirar los lienzos y escuchar las partituras de los que hemos hablado“) y que sugiere a los lectores cuál sería la bibliografía (y la discografía, pues se incluyen las referencias a los CD recopilatorios de la obra musical de Sweelinck) que Ramón Andrés considera esencial sobre las cuestiones objeto de la obra. Un motivo más de agradecimiento a su autor.

El libro está escrito, o al menos esa es la impresión que subyace, desde la admiración por la producción musical, pictórica y científica de los Países Bajos a lo largo del siglo XVII, y se convierte en un elogio de aquella sociedad. Hace pocos meses leíamos en una web española (http://www.ensilencio.es/index.html) un artículo titulado “Elogio de nuestros rebeldes desde la Nieuwe Kerk de Amsterdam” en el que, con ocasión de la investidura del nuevo heredero de la Casa de Orange-Nassau, se hacían análogas reflexiones, con cita también de Vermeer y Spinoza entre otros grandes neerlandeses. Siglos después parece que nos vamos reconciliando unos con otros…

Ramón Andrés (Pamplona, 1955) es autor de numerosos escritos musicales y literarios cuyos títulos –así como su deslumbrante biografía musical- pueden encontrarse en su página www.ramonandres.info a cuya lectura nos remitimos. Entre sus últimas publicaciones destaca el Diccionario de la música, mitología, magia y religión (2012).

*Publicado por la Editorial Acantilado, septiembre de 2013.