METAHISTORIA - ANAGRAMA - CAMPO DE GUERRA
Campo de guerra
Sergio González Rodríguez

Cada año, la editorial Anagrama concede el «Premio Anagrama de Ensayo» a un trabajo destacado, que luego publica bajo su sello editorial en la colección «Argumentos». Este año, un jurado formado por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y el editor Jorge Herralde, decidió conceder el premio 2014 al mexicano Sergio González Rodríguez con la obra que aquí comentamos. Resultó, además, finalista otro mexicano, Luigi Amara, con otra obra (Historia descabellada de la peluca) que también ha sido publicada por Anagrama recientemente. Esto muestra el impulso ensayista, relacionado con la filosofía y la historia, que se está desarrollando en aquel país iberoamericano durante los últimos tiempos.

El libro Campo de guerra* es un análisis y estudio de la transformación de la vida en México y en sus ciudades a raíz de la generalización de la violencia, muy vinculada al narcotráfico, a la corrupción de las instituciones políticas mexicanas, y a la creciente tendencia por parte de los gobiernos de Estados Unidos de convertir la guerra contra las drogas en uno de sus pilares de estrategia geopolítica (muy vinculado, desde 2001, a la conocida como «guerra contra el terrorismo»).

Entre las redes de crimen organizado y las instancias gubernamentales, nos dice el autor, México ha terminado por convertirse en un auténtico campo de guerra, cuyos efectos sufren fundamentalmente las poblaciones civiles que se ven acosadas por la violencia y la miseria, resultando desplazadas, o siendo objeto de extorsión, secuestro o muerte como consecuencia de la creciente escalada de la violencia entre grupos criminales o entre éstos y las autoridades políticas, policiales y militares. El campo de guerra es un teatro de operaciones político-militar que sufre continuos procesos de territorialización y desterritorialización. Pero la novedad es que sobre este fenómeno se superpone otro ulterior, descrito por Giorgio Agamben y que el autor de Campo de guerra nos presenta para el caso mexicano. La tesis es que, como señalase Agamben en su texto ¿Qué es un campo?, un campo es, también, «el espacio que se abre cuando el estado de excepción se convierte en regla». González Rodríguez nos presenta esta transformación al hablar de «anamorfosis de la víctima» en un pasaje que conviene reproducir íntegro:

FOTOGRAFIA MEXICO CAMPO GUERRA«Si en vez de comprender a la víctima sólo bajo su aparición en un recuento cronológico, que la traduce como grano de arena en el gran reloj de la existencia compartida, o como muesca en la línea temporal, se la aprecia desde su corporeidad, su presencia en un espacio dado, su conversión en trayectoria en un ámbito tridimensional -o de cuatro dimensiones si se añade la esfera conceptual-, su humanidad en medio de las características morfológicas, geográficas y transgeográficas -cuando se consideran las telecomunicaciones y su territorio Ciberia-, el resultado podrá ofrecer mejores indicios sobre la persona y su devenir en víctima. Al incluir a la víctima en un espacio, al espacializarla, surge un cuerpo personal en medio de un cuerpo social: una topografía cultural, una perspectiva espacial de tipo crítico. La cartografía de las víctimas que reubica el daño, menoscabo y agravio.

Un cuerpo que es una persona. La vida en su propia indefensión ante el poder que la somete y aniquila: la nuda vida. Para comprender mejor la anamorfosis de la víctima, se requiere aproximarse a ejemplos esclarecedores acerca de la influencia del espacio y la nueva cartografía del campo de guerra en quienes la padecen a nivel civil en diversas localidades y situaciones.»

Para entender esto, Sergio González nos muestra diversos ejemplos de «cuerpos/personas» que se han visto, de un modo u otro, reducidos a la condición de «nuda vida». Así, nos cuenta la historia de Adriana Ruiz, la de Genaro Macías, la de Daniel Arteaga, la de Elías Castillo, la de Jesús Torrijos, la de Eliud Naranjo, la de José Barrera, la de Rodolfo Nájera, y la de José Antonio Elena. Personas de diferentes ocupaciones, género, edades, lugares de residencia, que sin embargo comparten un rasgo común: ser víctimas indefensas del crimen organizado o de las fuerzas de seguridad corruptas y que se exceden en sus funciones y su violencia. En el «campo de guerra» las víctimas han perdido su voz y su forma humana, reducidos a cuerpos, vivos o muertos, son situados en la excepcionalidad del derecho, por parte de unas organizaciones que viven en la ilegalidad o de unas instituciones que hacen de la ilegalidad su modo normal de proceder.

Este deterioro lleva ya décadas, pero sin embargo se ve amplificado a partir de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, ya que desde esa fecha, y tras el descubrimiento (no del todo claro) de la vinculación entre las redes de narcotráfico y la actividad terrorista, la vigilancia de la frontera Sur se ha convertido en una prioridad estratégica para los Estados Unidos, en la prevención tanto de la entrada de drogas como respecto del control de la inmigración. La frontera Sur tiene una geografía particular, y una topología todavía más extraordinaria. González Rodríguez nos señala que está hecha de tres espacios que en ocasiones entran en umbrales de indistinción: el puente (como lugar de comunicación), el muro (como lugar de impedimento) y el basurero (como el espacio que se abre entre puente y muro).

Pese a la no excesiva extensión del libro (166 páginas), abundan los mapas y diagramas gráficos que permiten una representación y visualización de elementos narrativamente complejos. Hasta 14 mapas, gráficos y representaciones de terreno (incluidos dos mapas a doble página) ilustran convenientemente el contenido de un libro escrito entre la crónica, el análisis y la reflexión filosófica, criminológica e histórica.

INCAUTACION DROGA MEXICOUno de los fenómenos más interesantes presentes en el libro es el de las llamadas «Pandillas». Conviene detenerse un poco en él. Las pandillas ocupan un espacio fundamental en el diagrama de la situación actual del problema. Estas pandillas son grupos de delincuencia de carácter local, generalmente de edades jóvenes y que llevan a cabo buena parte de las labores de control de la población sobre el terreno gracias al miedo, la extorsión, el secuestro o el ejercicio de la violencia. Son así la estructura local de la que se sirve el crimen organizado para amedrentar a la población, sirven de primera línea de combate frente a la policía y las fuerzas armadas y son utilizadas como cantera formativa en las actividades criminales violentas. La escalada de violencia en el seno de las pandillas es paralela a la del conjunto de la actividad criminal y represiva, utilizan vehículos en ocasiones blindados y esparcen el terror entre las poblaciones autóctonas. Existen casos de poblaciones en México donde inclusive, a partir de cierta hora del día, solamente fuerzas de seguridad y pandilleros pueden verse por las calles.

Tampoco parece que la desarticulación de ciertos grupos de narcotráfico haya mejorado excesivamente la situación, pues donde desaparece un gran cártel, surgen otros grupos que se hacen con su espacio. Así, por ejemplo, la caída del cártel de Juárez, ha dejado un espacio que ha sido aprovechado por otros grupos, como el cártel de Sinaloa/Pacífico o Los Zetas, que se han convertido probablemente en los dos grupos más importantes del crimen organizado a nivel mundial, desplazando a los narcotraficantes colombianos, y con los que prácticamente solamente rivalizan en la actualidad los grupos criminales provenientes de Venezuela.

La corrupción en las autoridades políticas, policiales, militares y judiciales mexicanas no ayuda tampoco a hacer frente al problema. Con cerca de algo más del 90% de impunidad judicial, con unas autoridades regionales (e incluso federales) que hacen negocios con el narcotráfico, con unas autoridades militares que se exceden permanentemente en el uso de la violencia y con importantes agencias norteamericanas (como la CIA, la DEA o la ATF) que utilizan mecanismos de ayuda a ciertos grupos con el fin de desestabilizar otros; la situación parece completamente estancada.

Y es que la conclusión del libro no parece nada halagüeña, aunque sí existe un cierto margen de esperanza: una sociedad intensamente vigilada, un uso creciente de la tecnología para el crimen y la represión, una corrupción creciente, una utilización geoestratégica de la vida de seres humanos, un silencio permanente de las víctimas y una intensificación biopolítica.

En definitiva, un libro que nos permite entender, quizás, un poco mejor lo que ha supuesto el drama del narcotráfico y de la lucha contra las drogas en un país cada vez más cercano a la desintegración institucional y donde, desgraciadamente, el estado de excepción va de forma creciente convirtiéndose en regla.

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950), Premio Casa Amèrica Catalunya a la Libertad de Expresión en Iberoamérica 2013, entre otros galardones, como el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, completa con Campo de guerra su trilogía dedicada al estudio de fenómenos extremos de las sociedades actuales, que empezó con el escalofriante reportaje sobre las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez narrado en su aclamada obra Huesos en el desierto (2002), al que siguió su interpretación acerca de las decapitaciones y usos rituales de la violencia por parte de grupos criminales en El hombre sin cabeza (2009), obras publicadas ambas por Anagrama y traducidas a varios idiomas.

*Publicado por Anagrama, mayo 2014.