
La Edad Media fue un mundo concebido, organizado y gobernado mayoritariamente por hombres. No conviene proyectar sobre aquel tiempo categorías políticas o sociales que le son ajenas, pero tampoco puede ignorarse una evidencia: en la mayoría de las ocasiones, el papel de las mujeres en la esfera pública fue limitado, indirecto o testimonial. Su influencia existía, desde luego, y en determinados espacios —la corte, el linaje, el matrimonio, la transmisión patrimonial o la mediación política— podía ser decisiva; pero rara vez se ejercía de forma abierta, soberana y reconocida. Por eso, cuando una mujer destaca en ese contexto, su figura llama poderosamente la atención. No porque debamos convertirla automáticamente en símbolo de una causa contemporánea, sino porque sus logros deben medirse teniendo en cuenta las dificultades específicas que hubo de afrontar. Gobernar ya era complejo; hacerlo siendo mujer, en un sistema pensado para la autoridad masculina, lo era mucho más.
La Edad Media hispánica añadía, además, sus propias tensiones. Los reinos cristianos peninsulares se desarrollaron dentro de las grandes corrientes feudales europeas, pero su frontera permanente con al-Ándalus les otorgó una fisonomía peculiar. La lucha contra el Islam, la expansión territorial, la presión almorávide, la articulación de los poderes nobiliarios, el fortalecimiento de la monarquía y las rivalidades entre los propios reinos cristianos crearon un escenario extraordinariamente inestable. En ese mundo, la política matrimonial no era un asunto privado, sino una herramienta esencial de gobierno: servía para sellar alianzas, asegurar sucesiones, pacificar conflictos o abrir nuevas posibilidades dinásticas. Las mujeres de sangre real desempeñaban ahí un papel central, aunque muchas veces instrumentalizado: eran portadoras de legitimidad, piezas de negociación y garantes de continuidad familiar. Urraca, sin embargo, desbordó ese marco. No fue solo hija, esposa, viuda o madre de rey; fue reina por derecho propio.
A esta dificultad histórica se suma otra historiográfica. Elaborar una biografía de una mujer medieval, incluso de una reina, exige moverse entre fuentes incompletas, silencios interesados y testimonios profundamente condicionados por la mentalidad de su tiempo. En el caso de Urraca, las crónicas resultan imprescindibles, pero también problemáticas: ofrecen datos, escenas y juicios de gran valor, aunque muchas veces construidos desde presupuestos hostiles hacia una mujer que ejerció poder en primera persona. De ahí el mérito del trabajo de Sonia Vital Fernández, que no se limita a repetir la imagen heredada, sino que analiza con cuidado qué dicen las fuentes, qué callan y por qué lo hacen. La autora parte de una dificultad evidente: recuperar la verdadera dimensión política de una soberana cuya memoria fue deformada durante siglos por el juicio moral, el prejuicio clerical y la incomodidad que producía una reina sentada en un trono concebido para un rey.
Urraca. Una reina en el trono de un rey aparece, además, en un momento especialmente oportuno: el noveno centenario de la muerte de la soberana, fallecida en 1126. El libro reconstruye la trayectoria de Urraca I de León y Castilla, hija de Alfonso VI, viuda de Raimundo de Borgoña, esposa después de Alfonso I de Aragón y Pamplona, madre de Alfonso VII y, sobre todo, reina titular durante diecisiete años. Sonia Vital propone una lectura renovada de su reinado, alejándose de las interpretaciones que lo reducen a un periodo convulso entre dos grandes monarcas —Alfonso VI y Alfonso VII—. Frente a esa visión de paréntesis, la obra subraya que Urraca no fue una figura de transición, sino una soberana activa, consciente de su legitimidad, capaz de negociar, resistir, pactar, hacer la guerra y sostener su autoridad en un escenario político extraordinariamente adverso.
La importancia del libro reside precisamente en su capacidad para devolver a Urraca al centro de la historia política peninsular. No se trata solo de reivindicar que fue la primera mujer que reinó por derecho propio en el Occidente medieval, aunque ese dato sea en sí mismo excepcional. La novedad está en mostrar cómo ejerció realmente ese poder. Urraca no fue una reina consorte ni una regente provisional, sino una monarca titular que, tras el fracaso de su matrimonio con Alfonso el Batallador, decidió gobernar en solitario. Esa decisión la obligó a construirse políticamente casi desde cero, sin modelos femeninos previos plenamente equivalentes. Su reinado permite comprender las dinámicas del poder femenino en una sociedad marcadamente masculina: sus límites, sus instrumentos, sus lenguajes de legitimación y sus posibilidades reales. Por eso el libro resulta interesante no solo por lo fascinante del personaje, sino porque ilumina un problema histórico mayor: cómo podía una mujer ejercer soberanía plena en una cultura que identificaba el mando con la figura del rey.
El primer gran bloque de la obra establece el marco de comprensión necesario para situar a Urraca. Sonia Vital examina el lugar de las mujeres de poder en la península ibérica durante la Alta y Plena Edad Media, atendiendo a aquellas figuras femeninas que, por nacimiento, matrimonio o patrimonio, tuvieron capacidad de agencia dentro de reinos y condados. En ese contexto resulta fundamental el infantazgo, esa forma de herencia y señorío vinculada a mujeres de la familia real que les otorgaba autoridad económica, jurisdiccional, simbólica y política. Urraca se formó en ese ambiente. Como hija primogénita legítima de Alfonso VI y Constanza de Borgoña, durante muchos años ocupó una posición central en los planes sucesorios del reino. Su educación no puede entenderse únicamente desde el modelo doméstico o religioso atribuido a las mujeres nobles, sino como una preparación más amplia para el ejercicio del poder. Su etapa como condesa consorte de Galicia junto a Raimundo de Borgoña le permitió, además, adquirir experiencia de gobierno y comprender las redes de fidelidad, vasallaje y negociación que serían decisivas en su reinado posterior.
El segundo bloque se adentra en la construcción de su memoria, uno de los aspectos más sugerentes del libro. Las crónicas medievales transmitieron una imagen negativa de Urraca, marcada por su condición femenina. Los autores eclesiásticos del siglo XII, y después los cronistas del XIII, interpretaron sus decisiones desde parámetros morales más que políticos. Allí donde un rey habría sido juzgado por su capacidad de mando, Urraca fue juzgada por su castidad, su obediencia o su adecuación a un ideal femenino. El resultado fue una memoria deformada: se la presentó como débil, inconstante, lujuriosa o incapaz, y los conflictos de su reinado se atribuyeron de forma desproporcionada a su persona. Sin embargo, la autora no desecha esas fuentes; al contrario, las lee críticamente. Muestra que incluso en crónicas hostiles afloran indicios de una reina enérgica, presente en la guerra, activa en la negociación y consciente del valor de su legitimidad. La memoria de Urraca no fue borrada, pero sí intervenida, domesticada y reducida a eslabón dinástico.
El tercer bloque reconstruye los años decisivos de su reinado. Tras la muerte del infante Sancho en Uclés y el fallecimiento de Alfonso VI, Urraca accedió al trono como heredera legítima. Su matrimonio con Alfonso I de Aragón y Pamplona respondía a un proyecto político ambicioso, pero pronto se reveló incompatible con su voluntad de ejercer la soberanía. La ruptura con el Batallador fue, en este sentido, un momento decisivo: Urraca recuperó el protagonismo político y se negó a quedar sometida a una tutela masculina. A partir de ahí tuvo que afrontar un escenario de guerra casi permanente, tensiones con la aristocracia, la presión de su hermanastra Teresa de Portugal, las maniobras de Diego Gelmírez y el delicado papel de su hijo Alfonso Raimúndez. La autora muestra a una reina que viaja, negocia, reúne tropas, acuña moneda, utiliza títulos de gran carga simbólica como imperatrix y despliega una inteligente política de alianzas, incluida su relación con Pedro González de Lara, entendida no como mero escándalo privado, sino como instrumento político para afianzar apoyos en Castilla.
En conjunto, Urraca. Una reina en el trono de un rey es una obra necesaria para reconsiderar una figura fundamental de la Edad Media hispánica. Sonia Vital no convierte a Urraca en un personaje idealizado ni oculta la conflictividad de su reinado; su mérito está en restituirle densidad política. La reina aparece como lo que fue: una soberana en un tiempo de violencia, pactos cambiantes y legitimidades disputadas; una mujer que heredó un poder concebido para hombres y que, contra muchas resistencias, decidió ejercerlo. El libro permite comprender mejor no solo a Urraca, sino también el funcionamiento de la monarquía, la nobleza, la Iglesia y las relaciones de poder en la península del siglo XII. Nueve siglos después de su muerte, su figura deja de ser un episodio incómodo entre dos reyes para ocupar el lugar que le corresponde: el de una reina que no se limitó a conservar una herencia, sino que luchó por gobernarla.
Sonia Vital Fernández es doctora en Historia por la Universidad de Salamanca, con mención de «Doctor Europeus», y licenciada en Historia con Premio Extraordinario por la Universitat de Barcelona. Ha publicado diversos trabajos centrados en el estudio de las relaciones de poder en el ámbito hispánico del siglo XII, en los que ha analizado la compleja interacción entre la aristocracia laica y el rey Alfonso VII en un contexto social y político dominado por las formas de organización feudal. Es autora de la monografía Alfonso VII de León y Castilla (1126–1157). Las relaciones de poder en el centro de la acción política y social del Imperator Hispaniae (2019). En la actualidad, sus investigaciones se centran en el análisis del papel político de las mujeres de poder en los siglos centrales de la Edad Media, con especial atención a reinas, infantas y herederas regias, así como a los mecanismos de legitimidad dinástica y al ejercicio del poder soberano.
*Publicado por Desperta Ferro, abril 2026.

