SIGLO XXI - MONARQUIA Y ROMANTICISMO - REYERO
Monarquía y Romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873
Carlos Reyero

El uso de imágenes para legitimar o ensalzar el poder del soberano es casi tan antiguo como el propio concepto de poder. Ya sea a través de la construcción de majestuosos palacios o acuñando pequeñas monedas con la efigie del gobernante, el uso de las artes como instrumento de engrandecimiento regio ha sido una práctica muy generalizada a lo largo de la historia. Pocos imperios o estados, por no decir ninguno, han prescindido del aparato propagandístico que proporcionan las representaciones visuales del poder. No es ahora el momento de analizar los motivos de este fenómeno tan extendido y habitual en las prácticas políticas, tarea que requería más páginas de las que disponemos y sesudas reflexiones; a vuelapluma diremos que cuando la soberanía recae sobre una persona y su legitimación no está basada en criterios racionales, requiere desplegar un considerable aparato propagandístico para lograr el reconocimiento del pueblo.

En el siglo XIX se produjo en España –de forma paralela a los acontecimientos que tenían lugar en el resto del continente europeo– una profunda transformación que afectó a todos los ámbitos de la sociedad. El paso del Antiguo al Nuevo Régimen implicó una renovación radical de los postulados que regían la vida política española. Conceptos tales como soberanía nacional, constitución, derechos políticos o sistema representativo, sin ser exactamente invenciones de aquel periodo, pasaron a formar parte del vocabulario político decimonónico de la mano del liberalismo. En ese contexto, y a pesar de los profundos cambios que se estaban produciendo, la monarquía, máximo exponente del mundo que se iba dejando atrás, consiguió, no sin esfuerzo, conservar un papel esencial; para lograrlo tuvo que reinventarse y aprender a convivir con la nueva realidad política. Las fuentes de legitimación que hasta entonces la habían justificado se vinieron abajo y tuvo que buscar otras nuevas. Estudiar el aparato de representación visual que la Corona desplegó a lo largo del siglo XIX ayuda a comprender mejor cómo se produjo este proceso de renovación.

Este libro aborda, pues, el problema de la representación del poder monárquico en un momento crucial de metamorfosis. Parte de la hipótesis de que las imágenes suponen un instrumento privilegiado para analizar ese proceso porque, consideradas en sí mismas, construyen una realidad sobre él. Su comprensión y valoración, histórica y estética, es inseparable de esa transformación, diferenciada del lenguaje. Por lo tanto, no son utilizadas solo como fuentes visuales para el conocimiento de un argumento externo, al que sin duda sirven, sino que ellas mismas lo conforman y difunden, de acuerdo con sus específicas posibilidades”. Con estas palabras describe el profesor Carlos Reyero el cometido de su trabajo Monarquía y Romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873*.

TROFEOS TETUAN ISABEL IIComo se puede entrever del párrafo transcrito, la obra del profesor Reyero se articula en torno a dos ejes. Por un lado, analiza el contexto en que se genera la iconografía utilizada para representar a la monarquía (coronaciones, celebraciones institucionales, nacimientos, viajes…). Por otro lado, estudia la propia imagen como ente independiente al ser ésta el fundamento mismo sobre el que se construye el discurso. Citando nuevamente al autor, “Todas las imágenes monárquicas están ligadas a vivencias sensoriales, compromisos políticos inciertos, deseos catárticos o sentimientos de empatía que interfirieron en el modo de percibirlas, comprenderlas y memorizarlas”. Advertimos al lector –aunque intuimos que ya lo habrá percibido– que tiene ante sí un texto académico complejo y, en ocasiones, quizás excesivamente teórico (aunque las referencias a pinturas, retratos, esculturas o construcciones singulares son constantes a lo largo de todo el libro) que le exigirá toda su atención.

El protagonista del trabajo de Carlos Reyero pasa a ser la propia imagen (“Se trata, por tanto, de una investigación sobre representaciones visuales”). El relato se construye alrededor de ella, ya tenga carácter informativo (por ejemplo, las que aparecen en prensa) o conmemorativo (por ejemplo, el programa iconográfico desplegado para la proclamación de la reina Isabel II). Las imágenes tuvieron una finalidad concreta que el profesor Reyero analiza a la par que la consolidación de liberalismo (y sus principios), cuya influencia obligó a la monarquía a renovar lo que hoy llamaríamos su “departamento de comunicación” con el fin de atraerse (hechizar o seducir son los términos que utiliza el autor) nuevamente al pueblo español. Las imágenes o representaciones visuales fueron uno de los principales vehículos para lograrlo.

La obra se estructura en varios capítulos, ordenados por temáticas que atienden a diversos aspectos relacionados con la Corona, el poder y su iconografía. Cada capítulo respeta una cierta secuencia cronológica, paralela al desarrollo de los acontecimientos que se suceden durante el siglo XIX, lo que facilita observar cómo evoluciona el tratamiento que la monarquía confiere a las imágenes y a su propio significado. De nuevo en palabras de Carlos Reyero: “El pensamiento y la forma de los asuntos, junto a sus circunstancias de exhibición, permiten abarcar el entramado de intereses que rodean al imaginario monárquico, al tiempo que dar a conocer en una secuencia coherente, desde el punto de vista histórico, un material poco aprovechado hasta ahora”.

Uno de los conceptos que emerge con fuerza tras la Constitución de 1812 es el de “nación”. Hasta entonces, España (aunque esto es discutible) no había sido considerada como un ente único y autónomo, sino más bien como la confluencia de diversos elementos y tradiciones tutelados por el rey. En el Nuevo Régimen la monarquía intentó identificarse con este nuevo principio mediante su personificación a través de la figura de la reina, para lo cual buscó asociar o fusionar la caracterización femenina de la nación a los atributos de Isabel II. El primer capítulo de la obra (“Un símbolo compartido”) está dedicado a explorar la gestación de este proceso.

ISABEL II JURA CONSTITUCIONCon estas palabras explica el profesor Reyero en el segundo capítulo (“El Rey con las Cortes”) el “refrendo visual mutuo” que se produce entre las Cortes y la Corona, la simbiosis en la que ambas instituciones necesitan la una de la otra para legitimarse: “[…] desde los primeros años del reinado de Isabel II, se observa una tendencia a asimilar los valores políticos del liberalismo, resumidos en las Cortes y en la acción de legislar, a la persona misma de la reina, cuya existencia los posibilita”.

Los tres capítulos siguientes analizan las manifestaciones públicas llevadas a cabo por la monarquía, bien se trate de ceremonias asociadas a los rituales políticos del liberalismo –la jura de la futura reina como princesa de Asturias o la coronación de Amedo de Saboya, por poner un par de ejemplos– como de acontecimientos más íntimos –fiestas organizadas por el nacimiento o la boda de un miembro de la familia real–. Mientras que en el primer caso continúa el proceso de identificación del nuevo sistema político con la figura del monarca, en el segundo las representaciones visuales tienen un componente menos alegórico o iconográfico y más humano, con el que se intenta acercar al pueblo la imagen de la Corona. En consonancia con este último punto, también es objeto de estudio la representación gráfica de los reyes en las ciudades, generalmente a través de arquitecturas efímeras o de esculturas, con ocasión de los viajes del monarca o con motivo de alguna conmemoración singular.

Hasta la caída del Antiguo Régimen no existía propiamente una distinción entre los actos de reinar y de gobernar, pues ambas prerrogativas recaían sobre la figura del monarca quien, además de ostentar el “cargo”, también dirigía las vidas de sus súbditos. Con la implantación del liberalismo este axioma dejó de ser aplicable. El Rey mantuvo su condición pero fue despojado de sus competencias gubernativas. Su papel quedó limitado a una simple figura representativa con atribuciones que oscilaban en función de la cambiante voluntad política de las Cortes, plasmadas en las sucesivas Constituciones. En este nuevo escenario la Corona hubo de afianzar su autoridad, para lo que hizo uso de varios instrumentos: el ejército, el patrocinio de las artes o el clamor popular. Los dos últimos capítulos del libro recogen el esfuerzo constante de la monarquía por consolidar, a través de aquellos medios, su espacio de poder.

Carlos Reyero es catedrático de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid y ha dedicado una gran parte de sus investigaciones a analizar la función de las imágenes en relación con la conformación de identidades políticas y culturales en la época contemporánea. Entre sus libros destacan: Imagen histórica de España (1987), La pintura de historia en España (1989), París y la crisis de la pintura española (1993), Apariencia e identidad masculina (1996), La escultura conmemorativa en España (1999), La escultura del eclecticismo en España (2004), La belleza imperfecta (2005), Observadores. Estudiosos, aficionados y turistas dentro del cuadro (2008) y Desvestidas. El cuerpo y la forma real (2009).

*Publicado por la editorial Siglo XXI, marzo 2015.