FERNANDO SUAREZ - MARCIAL PONS - MELQUIADES ALVAREZ
Melquíades Álvarez. El drama del reformismo español
Fernando Suárez González

Al analizar la actual crisis económica, política e institucional en la que se encuentra inmersa España, es común intentar trazar paralelismos con épocas pasadas que permitan entender mejor los acontecimientos actuales y, sobre todo, predecir el futuro de la sociedad española. En ocasiones, la situación actual se compara, certeramente, con la crisis del sistema político de la Restauración: la creciente separación entre la España real y la España oficial, la corrupción, la cuestión social, la cuestión regional, el final del bipartidismo, el desprestigio de la monarquía, etc. son fenómenos que, salvando las distancias, marcaron las primeras décadas del siglo XX y que están también presentes en la sociedad española en la actualidad. Sin embargo, existe un aspecto en el que ambos momentos históricos parecen no coincidir, y es en la extracción de las élites políticas. Si bien es cierto que las élites políticas españolas han sido tradicionalmente y siguen siendo de muy baja calidad, durante la crisis de la Restauración y la II República encontramos figuras en todos los partidos de un nivel intelectual y humano sin parangón en nuestro panorama político actual.

Una de estas figuras es la de Melquíades Álvarez, personaje político fundamental para comprender el primer tercio de siglo y brillantísimo orador, tanto que fue incluso comparado con Castelar y que era llamado ‘El Tribuno’ y ‘el pico de oro’.

El estudio de la figura de Melquíades Álvarez es tan interesante como complejo y desconcertante si se hace desde las categorías que manejamos hoy en día para enjuiciar la acción política y la actuación de nuestros gobernantes. Melquíades fue un convencido republicano, aunque apoyó a Alfonso XIII y presidió el Congreso de los Diputados durante parte de su reinado. Fue también un firme defensor de la unidad de la nación española y detractor del reconocimiento de otras naciones o nacionalidades junto a aquella, aunque se definiese como autonomista del Estado regional y propugnase el reconocimiento de autonomía en favor de las regiones. En fin, defendió firmemente la secularización del Estado, y simultáneamente reconoció a la Iglesia católica como “fuerza social enorme en nuestro país” que “viene asociada en la Historia desde hace siglos a la formación de la nacionalidad española”. Su obra política estaba asentada sobre sólidos ideales, pero su acción política se caracterizaba por el pragmatismo y la huida de los dogmatismos. Melquíades Álvarez es retratado en este libro como un político vocacional (el acta de diputado por aquel entonces era gratuito y Melquíades rechazó en varias ocasiones importantes ofertas como consejero de grandes compañías para no perjudicar el vínculo que le ataba con sus electores y con sus ideales) que actuó en cada momento según el dictado de su conciencia, aunque ello le llevase a sostener y defender públicamente posturas impopulares.

PARTIDO REFORMISTA MELQUIADES ALVAREZLa principal virtud de la obra de Fernando Suárez González sobre este ilustre español reside precisamente en que nos ayuda a comprender mejor la personalidad y las motivaciones profundas del político, gracias a un brillante relato que va entrelazando sutilmente su pensamiento con sus acciones y decisiones a lo largo de su carrera política, todo ello trufado de extractos de discursos pronunciados por Melquíades Álvarez que permiten al lector constatar que la oratoria de este político era, sencillamente, sublime.

Nacido en Gijón en 1864, obtuvo el título de licenciado en la Universidad de Oviedo con sobresaliente y premio extraordinario, tras lo cual se trasladó a Madrid donde siguió estudiando y posteriormente ejerció la profesión de abogado. Ya desde joven engrosa las filas del republicanismo militante y en 1898 obtiene su primer escaño por los liberales demócratas en la circunscripción de Oviedo, aunque más tarde fuese impugnado por los conservadores y anulado. Desde 1901 se distingue en el Congreso de los Diputados como uno de los más brillantes oradores y en 1913 funda el Partido Reformista, del que será su máximo líder. Pese a las posturas moderadas y legalistas que siempre había defendido, en 1917 interviene a favor de la huelga general, que fue especialmente violenta en Asturias, su tierra natal. Este acontecimiento es, a juicio del autor, “un borrón en la trayectoria de moderación del político asturiano”. En 1923 es elegido Presidente del Congreso de los Diputados, cargo que ejerció durante 40 días hasta el golpe de estado del general Primo de Rivera, quien, apoyado por Alfonso XIII, desbarató así la carrera política del reformista. Acusado por algunos de conveniencia con la dictadura, Fernando Suárez condena tajantemente que se le atribuya la más leve conformidad con la actuación de Primo de Rivera, para lo cual transcribe interesantísimos fragmentos de la obra y de los discursos de Melquíades que prueban que este permaneció al margen de cualquier convocatoria dictatorial y que se negó a formar parte de la Asamblea Consultiva. Sin embargo, pese a que Alfonso XIII había incumplido flagrantemente sus obligaciones constitucionales, Melquíades se acercó al rey y se ofreció para formar gobierno monárquico en 1931, responsabilidad que finalmente recayó en el almirante Aznar. Este hecho, que fue probablemente su mayor error, no fue sólo un error de cálculo político, sino también un caso paradigmático de miopía política e ingenuidad, que ni Fernando Suárez ni el propio Melquíades Álvarez logran explicar satisfactoriamente. En 1931, Melquíades funda el Partido Republicano Liberal-Demócrata, que, pese a la influencia que su líder todavía ejerció durante la II República, no pasó de ser un partido minoritario dentro del fragmentado parlamento español que desde 1933 apoya a los gobiernos de centro derecha que forman Lerroux, Samper, Chapapietra o Portela Valladares. Finalmente, el trágico acontecimiento del que fue víctima en 1936 ocupa el último capítulo del libro, relato que tal vez hubiese sido mejor ubicar sistemáticamente al final de la parte estrictamente biográfica de la obra, puesto que como veremos, el autor, y esta es una de las aportaciones más valiosas del libro a mi juicio, ha realizado un importante esfuerzo por condensar en otro capítulo los elementos fundamentales del pensamiento melquiadista.

CONGRESO DE LOS DIPUTADOS REPUBLICAEn efecto, el capítulo en cuestión se titula “Críticas a su versatilidad. Las ideas y actitudes constantes”, y en él Fernando Suárez se erige en abogado defensor de Melquíades, replicando los furibundos ataques que le dirigieron algunos de sus coetáneos y muy especialmente Manuel Azaña, cuyas críticas al “español que más le aborrece” según sus propias memorias, son también citadas textualmente. Así por ejemplo, el mismo político que en boca de Azaña “contemporizó, calló, desconfió como siempre de los republicanos, tuvo concomitancias profesionales con alguno de los negocios patrocinados por la dictadura, se negó a colaborar con nosotros cuando le invitamos a ello, entró en la comparsa ‘constitucionalista’ con Villanueva, Sánchez Guerra y otros, para salvar la monarquía y su instinto político fueron tales que en marzo de 1931, encontrándose con Amós Salvador en la puerta del Ateneo le dijo «Bueno, pollo; ya he visto que se ha hecho usted republican»”; ese mismo político, o, mejor dicho, su obra y su coherencia, es defendida vehementemente por el autor a través de 6 epígrafes que versan sobre el republicanismo, la unidad de España, el Estado de Derecho, la cuestión social, el socialismo, la religión y la ética profesional. En ellos, el autor cita y comenta los discursos de Melquíades en los que se concentra su ideología reformista y democrática. Pero no se agota en tan noble propósito la utilidad de este capítulo, sino que, a través de la lectura de los discursos de Melquíades Álvarez, podemos descubrir nuevos puntos de vista y argumentos sobre los conflictos que siguen aquejando a España en la actualidad y constatar con amargura la larga distancia que separa a aquella generación de políticos en cuanto a nivel intelectual, cultura y claridad de exposición y de ideas en general, con la generación actual.

De especial interés es por razones evidentes la parte que glosa el pensamiento del político asturiano acerca de la “Unidad de España y autonomismo”. En él se nos muestra un político que afronta la cuestión territorial desde unos fundamentos históricos, jurídicos y político-constitucionales inapelables (“una nación de naciones es un concepto contradictorio”), y que aún negando de forma radical la posibilidad de otras nacionales o nacionalidades aparte de la española, es consciente de que la nación española ha de reconocer la autonomía, pero no lo debe hacer “de un modo caprichoso, sino atendiendo a razones históricas, a razones de cultura, a la vitalidad de las regiones, a las orientaciones, pero determinando ella su competencia porque hoy, según una frase vulgar de los tratadistas alemanes que ya constituye el abecé del Derecho público, la cualidad característica de la soberanía, es la competencia de la competencia, por consiguiente, la soberanía, determina el territorio, la extensión, el dominio en el cual el Poder público puede dictar órdenes para que sean mandadas y obedecidas.”

La presente semblanza de Melquíades Álvarez constituye una noble e interesantísima aportación en la restauración de esta figura política fundamental de principios de siglo. El uso frecuente y equilibrado de fuentes directas, especialmente de los discursos de Melquíades Álvarez, ameniza la lectura e ilustra al lector tanto sobre oratoria política, capacidad de expresión y claridad, como sobre las grandes cuestiones políticas que a día de hoy siguen ocupando buena parte del discurso político.

Fernando Suárez González, catedrático y político, ha enseñado Derecho del Trabajo en la universidad de Oviedo, en el CEU y en la UNED, y ha sido procurador en Cortes, vicepresidente tercero del Gobierno, ministro de Trabajo, diputado y eurodiputado. Es miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

*Publicado por Marcial Pons Ediciones de Historia, junio 2014.