CEEH - PRINCESA DE EBOLI
La princesa de Éboli. Cautiva del rey. Vida de Ana de Mendoza y de la Cerda (1540-1592)
Helen H. Reed y Trevor J. Dadson

La noche del 31 de marzo de 1578, lunes de Pascua, Juan de Escobedo, secretario personal de Don Juan de Austria (hijo ilegitimo del emperador Carlos V y, por tanto, hermanastro del rey Felipe II) regresaba a su residencia por las calles de Madrid cuando, al pasar por la iglesia de Santa María, cerca del Alcázar Real, fue asaltado por seis rufianes y asesinado a cuchilladas. No fue esta la primera tentativa de eliminarlo pues ya se le había intentado envenenar, infructuosamente, hasta en tres ocasiones, según más adelante se supo. Al final, el acero cumplió su cometido. Las repercusiones de su asesinato fueron formidables, no sólo por la relevancia de la víctima sino por las razones que provocaron su ejecución y, lo más importante, por las personas que, al parecer, lo encargaron. A pesar de que la corte de Felipe II era un hervidero de intrigas, espías y conspiraciones, la muerte de Escobedo fue un hecho insólito donde aparecían implicadas figuras tan importantes como el secretario real Antonio Pérez y el propio monarca.

En medio de los rumores y murmuraciones que circularon por la Corte durante aquellos días el nombre de una mujer aparecía incesantemente: Ana de Mendoza y de la Cerda, más conocida como la princesa de Éboli. Cuatro siglos después del incidente que acabó con la vida de Juan de Escobedo seguimos sin saber qué papel desempeñó realmente. ¿Conocía las intenciones de Antonio Pérez? ¿Participó activamente en la elaboración del plan para asesinar al antiguo protegido de su marido? El imaginario popular, ávido de este tipo de teorías conspiratorias, ha creado el mito de una mujer manipuladora, intrigante y seductora, una especie de Mata-Hari del siglo XVI. La realidad, como suele ocurrir, es bastante diferente y la princesa de Éboli, aunque comparte rasgos con su leyenda (sabía defender sus intereses y tenía gran habilidad para tejer redes de influencia en la Corte), fue una mujer devota, madre de familia y fiel a su marido hasta la muerte de éste.

Podemos comprobar la repercusión que ha tenido la princesa de Éboli atendiendo a la abundante bibliografía existente sobre ella. Numerosos historiadores han tratado directa o indirectamente su figura y llama la atención cómo incluso novelistas y directores de cine han construido sus relatos en torno a Ana de Mendoza. Esa imagen de femme fatale que tanto gusta al espectador contrasta con la mujer que se oculta tras el mito. De ahí que sean tan necesarias obras como la de Helen H. Reed y Trevor J. Dadson, La princesa de Éboli. Cautiva del rey. Vida de Ana de Mendoza y de la Cerda (1540-1592)* cuyo objetivo es “[…] dejar a un lado la figura mitológica, la leyenda en que se ha convertido la princesa de Éboli, e ir a buscar la verdadera Ana de Mendoza y de la Cerda. Porque en su caso la realidad supera con creces a la ficción”.

LA PRINCESA DE EBOLIEn los últimos años el género biográfico ha conocido un fuerte repunte y bien puede decirse que “está de moda” entre los historiadores. Podemos clasificar, quizás de modo muy elemental, la reciente –y abundante– producción biográfica en tres categorías: la que se centra prioritaria o únicamente en el personaje para analizar al detalle su vida; la que se ocupa de un aspecto concreto de la vida del biografiado, soslayando o prestando menor atención el resto; y, en fin, la que utiliza al personaje como pretexto para estudiar la época en la que vivió. Pues bien, la obra sobre la princesa de Éboli a cargo de los profesores Reed y Dadson ha de situarse en el primer grupo. El trabajo que llevan a cabo es un ejemplo de cómo ha de realizarse una buena biografía “científica”. A través de un estudio minucioso de los documentos conservados (en especial la correspondencia, los inventarios y los documentos judiciales) reconstruyen la vida, el entorno y las contrariedades que padeció Ana de Mendoza y de la Cerda, sin dejarse arrastrar por habladurías y patrañas.

En los primeros capítulos del libro la presencia de Ana de Mendoza queda algo diluida, debido a la ausencia de más información, ante el tratamiento que Helen H. Reed y Trevor J. Dadson otorgan a las figuras de sus padres y de su futuro marido. Ana era la hija única del (conflictivo) matrimonio entre Diego Hurtado de Mendoza y de la Cerda y María Catalina de Silva y Toledo. Su infancia transcurrió entre Alcalá de Henares y Toledo hasta que el 13 de junio de 1552 fue prometida por el emperador Carlos V a Ruy Gómez de Silva, quien por entonces contaba con treinta y seis años y era ya amigo íntimo y consejero político de Felipe II. Este tipo de compromisos, a pesar de la diferencia de edad, no era extraño en la época y en este caso fue beneficioso para ambas partes: para Ruy Gómez, hijo segundón de nobles portugueses, el matrimonio le abría las puertas de la más alta nobleza castellana, mientras que para la novia y su familia le acercaba aun más a los resortes del poder, gracias a las influencias del yerno: de hecho Diego Hurtado de Mendoza sería nombrado, al poco tiempo, virrey de Aragón y después de Cataluña.

Varios años estuvieron separados los nuevos cónyuges pues Ruy Gómez hubo de acompañar a Inglaterra al, en ese momento, príncipe Felipe, quien había contraído matrimonio con la reina María Tudor. Además tampoco se pudo consumar el matrimonio hasta unos años después, dada la corta edad de la futura princesa de Éboli. Durante ese período Ana permaneció en la Corte bajo la supervisión de su madre y fue entonces cuando comenzó a aprender el funcionamiento de la política cortesana. Como señalan Helen H. Reed y Trevor J. Dadson, “Obviamente, una parte de su popularidad era la influencia que su marido tenía sobre Felipe, pero su propia inteligencia, encanto y hermosura le ganaron también muchos amigos y admiradores”. No todo fueron alegrías pues el matrimonio de sus padres se resquebrajaba a consecuencia del temperamento de Diego Hurtado de Mendoza, cuyos problemas con su mujer, Catalina de Silva, fueron tales que Juana de Austria tuvo que intervenir para poner un poco de orden en lo que terminó por convertirse en la comidilla de la Corte.

RETRATO FELIPE IIEl regreso de Ruy Gómez en 1560 abrió una nueva etapa en la vida de Ana. Obtuvo un cargo importante en la Corte (sirvió a la reina Isabel de Valois, con la que trabó una estrecha relación de amistad) y, junto a su marido, comenzó a engrandecer sus dominios, en concreto, los correspondientes al palacio de Pastrana. Potenció el desarrollo del pueblo de Pastrana, parece que llegó a doblar su población y fundó un convento de carmelitas descalzas al que consiguió atraer a santa Teresa de Ávila, aunque su trato con ella no fue fácil. En estos años su marido obtuvo del Rey el título de Príncipe de Éboli.

Hasta la muerte de Ruy Gómez, trece años más tarde, Ana dio luz a diez hijos, algunos de los cuales murieron al poco de nacer (el primogénito, Diego, falleció por un desafortunado accidente que afectó mucho a toda la familia) y otros sobrevivieron. No tuvo la misma relación con todos y, en concreto, nunca logró congeniar con Rodrigo, primogénito tras la muerte de Diego, a quien se enfrentó en numerosas disputas que en más de una ocasión acabaron en pleitos. Durante esos años también comenzó a gestionar los matrimonios de sus hijos, el más provechoso de los cuales sin duda sería el de su hija Ana con el VII duque de Medina-Sidonia.

En 1573 murió repentina e inesperadamente Ruy Gómez. Se inició entonces la fase más convulsa de la vida princesa de Éboli quien hubo de gestionar personalmente su hacienda y los negocios familiares. En un primer momento quiso recogerse en un convento (bajo un régimen más laxo que la estricta vida monástica) pero al poco tiempo hubo de abandonar tal pretensión y ocuparse de las apremiantes labores que su considerable patrimonio le exigía. Como explican los autores de la biografía, “De este modo, la princesa entraba en una fase de su vida dominada por los pleitos, las maniobras financieras, la educación y matrimonios de sus hijos, el atender a sus negocios de Pastrana y cobrar las rentas de sus propios estados”.

Supo lidiar con cierta soltura sus primeros años de viudez –no exentos de problemas, como por ejemplo la disputa con Santa Teresa y las monjas de Pastrana– y conservó las buenas relaciones que había hecho en los años previos. Entre estas amistades destacaba Antonio Pérez, secretario personal del monarca español y protegido de su difunto marido, quien le arrastró a un mundo de intrigas que a la postre condicionarían, para mal, los últimos veinte años de Ana. No sabemos con certeza hasta qué punto intimaron y es probable que fuera una relación amorosa pero a partir de 1576 Antonio Pérez (quien estaba casado, de ahí lo escandaloso del asunto) empezó a frecuentar, ya fuese día o noche, la casa de la princesa.

ANTONIO PEREZEl asesinato de Juan de Escobedo en 1578 supuso el punto de inflexión y el comienzo de la caída de la princesa de Éboli. Aun cuando se actuó con cautela y los asesinos no serían detenidos hasta más tarde, la buena estrella que había acompañado a la pareja empezó a apagarse. Ana fue encarcelada al año siguiente (28 de julio de 1579) en el torreón de Pinto y ya nunca recobraría enteramente su libertad. No está claro el grado de implicación de la princesa en la gestión del atentado contra Escobedo pero lo cierto es que fue tratada el resto de su vida como una conspiradora más. Helen H. Reed y Trevor J. Dadson no entran en el espurio juego de elucubrar hipótesis sin fundamentos y prefieren centrarse en la documentación existente. Lo cual no les impide afirmar que “Era, sin probablemente saberlo ni entenderlo, un títere en manos de otros mucho más poderosos y peligrosos que ella”.

Los últimos años de la princesa fueron duros. Felipe II le retiró la potestad para dirigir sus posesiones, los problemas con su hijo Rodrigo se agravaron, el matrimonio de su hijo favorito Diego fue declarado nulo y fue recluida en su palacio de Pastrana. A pesar de las privaciones siguió en contacto con Antonio Pérez e incluso continuó apoyándole financieramente. La huida del antiguo secretario real a Aragón en 1590 (que dio lugar a un conflicto armado) empeoró aún más las condiciones de vida de Ana, pues Felipe II mandó poner rejas en puertas y ventanas del palacio. Dos años más tarde fallecía, a la edad de cincuenta y dos, acompañada por su hija pequeña.

Alejados de toda pretensión novelesca, Helen H. Reed y Trevor J. Dadson elaboran un sólido trabajo de investigación en torno a una de las figuras más controvertidas del siglo XVI. Cuando los historiadores afrontan el estudio de personajes tan populares resulta harto complicado discernir entre el mito y la realidad. A medida que nos remontamos en el tiempo dicho cometido se complica aún más. La ausencia de datos fiables implica que el investigador ha de ser capaz de separar lo ficticio de lo veraz, algo que no siempre es fácil. En el caso de la princesa de Éboli contamos con poco más que la correspondencia e inventarios, pues sorprendentemente nunca se inició un procedimiento judicial sobre sus implicaciones en el asesinato de Escobedo. La decisión de recluirla fue adoptada unilateralmente por el monarca español.

Más allá de su participación o no en aquel turbio incidente, del presente trabajo biográfico se desprende una imagen de la princesa de Éboli muy distinta a la que ha trascendido en la historia. Concluimos con la descripción que los autores realizan de ella en el epílogo de la obra: “Era una madre dedicada a sus hijos y trabajó con asiduidad para cuidarlos y proteger su bienestar, en particular intentando casarlos bien. Sus valores religiosos y buena parte de su comportamiento, incluso tal vez su afán de gasto y consumo, eran convencionales para una mujer de su época y rango. Pragmática, valiente e inteligente, intrigó de manera intensa durante su vida, y se defendía a sí misma y sus derechos cuando sufría ataques”.

Helen H. Reed es catedrática emérita de la State University of New York en Oneonta, donde ha enseñado, entre otras materias, literatura del Siglo de Oro y cultura e historia de España. Ha publicado un libro sobre la novela picaresca, The Reader in the Picaresque Novel (1984) y diversos artículos sobre el Lazarillo de Tormes, el Guzmán de Alfarache, las Relaciones de Antonio Pérez y diferentes textos de Cervantes. En los últimos años se ha dedicado más al estudio de la mujer de la España del Siglo de Oro y ha escrito artículos sobre la princesa de Éboli, Santa Teresa y Catalina de Cardona.

Trevor J. Dadson es catedrático de Estudios Hispánicos de la Queen Mary University de Londres y autor de numerosos libros y artículos sobre literatura, crítica textual e historia sociocultural del Siglo de Oro. Entre sus publicaciones destacan la edición de las Obras completas de Gabriel Bocángel y Unzueta (2001), Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (siglos XV-XVIII) (2007), Historia de la impresión de las Rimas de Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola (2010), Diego de Silva y Mendoza. Poeta y político en la corte de Felipe III (2011) y (con Helen Reed) Epistolario e historia documental de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli (2013). En 2008 fue elegido «Fellow of the British Academy».

*Publicado por el Centro de Estudios Europa Hispánica y Marcial Pons Ediciones de Historia, junio 2015.