TURNER - MASCARA MANDO - KEEGAN
La máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo
John Keegan

Una de las grandes cuestiones que ha cautivado a la historiografía, ya desde sus orígenes, es el papel del hombre en el devenir de los acontecimientos. Cientos de libros y trabajos han abordado este problema, cuya solución está lejos de descubrirse (y mucho menos de ser unánime). La cuestión es incluso más acuciante en la historia militar: ¿La presencia de un general o de las grandes figuras condiciona el curso de una campaña o de toda una guerra? ¿Puede una decisión, acertada o errónea, determinar el devenir de una batalla? ¿Quién gana las contiendas, los generales o los soldados? Conociendo las circunstancias políticas, sociales, económicas y morales que rodean a cada ejército y a los contendientes ¿se podría prever con cierta antelación el resultado de los conflictos?

La historia nos ha enseñado que la posteridad premia a los grandes generales por encima de los intelectuales o de los políticos. La guerra, por muy aborrecible que resulte, es el medio más rápido para acceder a la fama. Alejandro Magno, Aníbal, César, Carlomagno, Gengis Khan, Napoleón… sus nombres, para bien o para mal, son ya inmortales. Todos ellos tienen en común el uso de la guerra como medio de aumentar sus posesiones e imponer sus convicciones al resto de la humanidad. Ahora bien, las estrategias que utilizaron para alcanzar sus objetivos difieren de unos a otros y, en especial, divergen las tácticas que emplearon en el campo de batalla y en la organización de sus ejércitos.

John Keegan trata de dar respuesta en su obra La máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo* a otra de las preguntas esenciales sobre las que gravita la historia bélica: ¿cuál es el papel y el lugar del líder? Así lo explica el propio autor en la introducción de su obra: “El presente libro se ocupa de los generales: de quiénes son, de qué hacen, y de cómo repercute eso que hacen en el mundo donde viven los hombres y las mujeres”. Desde esta perspectiva estudia la personalidad y las formas de actuar de cuatro célebres comandantes: Alejandro Magno, Arthur Wellesley (más conocido como el duque de Wellington), Ulysses S. Grant y Adolf Hitler.

ALEJANDRO EN ISOSEl historiador británico advierte que no trata de formular máximas generales sobre la condición humana, sino explicar las características propias de cada líder atendiendo a las circunstancias que le rodean. De nuevo en palabras de Keegan: “Por supuesto que percibo rasgos y conductas comunes en todos los jefes, al margen de su época y su lugar. Pero percibo con más fuerza aún que el modo de hacer la guerra de una sociedad determinada puede ser tan distinto del de otra que los rasgos y conductas comunes de quienes la dirigen resulten menos determinantes que las diferencias relativas a los propósitos a los que sirven y a las funciones que llevan a cabo”. Sin perjuicio de que el autor evite exponer postulados “universales”, lo cierto es que cada personaje representa un modelo o arquetipo de líder. Alejandro Magno personifica el líder heroico, Wellington el antihéroe, Grant el mando no heroico y Hitler el falso heroísmo. El historiador británico los compara, a pesar de las distancias temporales existentes entre ellos, pues considera que su libro “no versa sobre la evolución de la guerra, sino sobre la técnica y el ethos del liderazgo y del mando. Y en estos el ritmo y la intensidad del cambio han sido mucho menos acusados que en la guerra en general”.

La obra de Keegan admite, por tanto, tres lecturas superpuestas. La primera, la más cercana a la historia bélica, abarca las peculiaridades de cada ejército y las estrategias seguidas por los distintos generales (organización del alto mando, tácticas utilizada en el campo de batalla, disposición de sus hombres o sistemas de abastecimiento, por citar algunos factores), además de hacer un breve recorrido por los rasgos de cada época. La segunda lectura, más personal, desciende a la psique de los personajes para analizar los atributos predominantes de su mando, aquellos a partir de los cuales se construyen los arquetipos de liderazgo antes citados. Por último, la tercera lectura, más sutil e imperceptible, ahonda en la condición humana, en la forma de afrontar los retos más extremos.

La primera lectura resulta interesante por su carácter divulgativo, pues descubrimos cómo ha ido evolucionando el arte de la guerra desde Gaugamela hasta Stalingrado. No obstante, el interés de la obra reside, sin duda, en las otras dos lecturas, expresivas de la importancia que el historiador británico atribuye a la correlación entre personajes y contextos históricos. Cada uno de los comandantes refleja, de algún modo, las cualidades de la época que le tocó vivir (“En las páginas precedentes hemos estudiado cómo afrontaron el problema de mando cuatro sociedades distintas”).

De las numerosas cuestiones que John Keegan analiza, destaca la atención prestada al lugar que ocupa el general a la hora del combate. Su proximidad o lejanía al fragor de la batalla va a determinar en gran medida la personalidad y el modelo de liderazgo de cada personaje.

BATALLA DE WATERLOO WELLINGTONEl historiador británico aborda la figura de Alejandro Magno destacando su temeridad y su constante presencia en primera línea, que le llevaron a arriesgar en reiteradas ocasiones su vida. Keegan califica, en consecuencia, al general macedonio como el “héroe supremo” que “[…] se veía forzado a dar cada vez más de sí en su épica, conforme se incrementaban sus peligros y sus dificultades. En este sentido, Alejandro es el héroe supremo. Y nada muestras las dimensiones de su esfuerzo heroico con mayor claridad que su conducta en el campo de batalla”.

Wellington y Grant comparten, para Keegan, algunos rasgos similares. Sin embargo, aunque apenas habían transcurrido sesenta años entre Waterloo y la Guerra Civil norteamericana, son perceptibles las diferencias entre ambos en cuanto a la forma de entender el mando. Wellington disociaba los sentimientos y el acto de gobierno (no llegó a pronunciar ninguna arenga a sus hombres), además de mantener un peligroso equilibrio en el campo de batalla entre la exposición y la prudencia. Grant, por su parte, fiel reflejo de la democracia estadounidense, se consideraba un oficial más del Alto Mando subordinado a la nación (su modestia y frugalidad eran legendarias). Aunque evitó, siempre que pudo, exponerse al fuego enemigo, delegando el desempeño heroico a sus oficiales, “se reservó un lugar en el escenario de la batalla, como una suerte de actor-director”.

Hitler, por el contrario, adoptó una actitud diametralmente opuesta a la de los otros generales. Rara vez visitó el frente y cuando lo hizo la actividad bélica había cesado, lo cual no le impidió ejercer un control exhaustivo sobre el ejército alemán. Es más, no resulta descabellado afirmar que tuvo una mayor visión de conjunto que sus predecesores, quienes una vez enfrascados en la batalla tan solo podían contemplar el polvo y a los enemigos que tenían inmediatamente ante sí, mientras que el dictador nazi, gracias a los medios de información, recibía un constante flujo de noticias. Su presencia física era sustituida por la propaganda, por la imagen artificial de líder que acompañaba a sus hombres allí donde se encontrasen y compartía sus penalidades. Keegan critica duramente este tipo de liderazgo y lo define como “falso heroísmo”: “Los héroes, en última instancia mueren al frente de sus soldados y tienen una sepultura honorable. Hitler murió sin la presencia de nadie, y sus cenizas están esparcidas por algún lugar que ni siquiera hoy podemos ubicar”.

HITLER CON EL ALOT MANDO ALEMANPara los amantes de la historia bélica la obra les resultará reveladora pues se aleja de las habituales monografías limitadas a analizar las tácticas y estrategias de los generales famosos. Keegan se centra en la esencia misma del liderazgo y del heroísmo, que a la postre condicionan las decisiones tomadas en el campo de batalla. Como es costumbre en él, cuyas obras hemos reseñado en otras ocasiones, su prosa es de fácil lectura y muy amena; aunque detallista, no se deja llevar por las minucias y extrae lo relevante de cada situación. Si hubiéramos de destacar algún “pero”, sería el sesgo anglosajón de los generales escogidos, algo por otro lado muy habitual en la historiografía británica y estadounidense. Creemos que hay figuras militares cuya influencia y liderazgo son más interesantes que las de Wellington y Grant.

Keegan concluye su trabajo con una definición un tanto oscura, pero no por ello errónea, del arte de mandar (“su ejercicio gira en torno al reconocimiento de que a aquellos a los que se les pida que mueran no se les debe dejar sentir que mueren solos”) y señala los imperativos de mando que todo líder ha de cumplir (afinidad, prescripción, sanción, acción y ejemplo). Más en concreto, al reflexionar sobre las características propias del líder “posheroico” que salga de la era nuclear, enumera sus cualidades: “Un jefe inactivo, que no haga nada, que no impresione con su ejemplo, que no diga nada excitante, que no premie pero que tampoco castigue, que insista sobre todo en ser diferente a la masa en su modestia, prudencia y racionalidad, puede que no suene a jefe de ninguna manera. Pero es, no obstante, justo el tipo de jefe que el mundo nuclear necesita, aun no sabiendo que lo quiere.”.

John Keegan (1934-2012) es uno de los historiadores británicos más reconocidos de nuestros días. Fue profesor en la famosa academia militar de Sandhurst e impartió clases en las universidades de Cambridge, Harvard y Princeton, entre otras. En sus últimos años fue editor de la sección de Defensa en The Daily Telegraph. Ha publicado más de veinte libros entre los cuales destacan: Secesión, Inteligencia militar, El rostro de la batalla e Historia de la guerra.

*Publicado por la editorial Turner, mayo 2015.