GRANDE - ACANTILADO - GUERRA AQUILES
La guerra que mató a Aquiles
Caroline Alexander

Casi con seguridad Caroline Alexander, la autora del libro La guerra que mató a Aquiles* desconocía cuando lo escribió que en el término municipal de Pedrosa de la Vega (Palencia) fue descubierta hace casi cincuenta años una de las villas del Bajo Imperio mejor conservadas de la Hispania romana.

Entre los restos que la excavación arqueológica sacó a la luz en la Olmeda (este es el nombre de la villa romana) figura un hermosísimo y excepcional mosaico que reproduce una de las escenas del ciclo troyano: Aquiles se halla en el palacio de Lycomedes, rey de Skyros, donde su madre Tetis le ha escondido para evitar que participe en la guerra de Troya. Al palacio llega Ulises, descubre a Aquiles en medio del gineceo disfrazado de mujer y le convence para que cumpla con su deber pese a los llantos de Deidamia, su amante (a quien, por cierto, Aquiles deja embarazada) y de las doncellas que en vano tratan de retenerle.

Al episodio de Aquiles en Skyros se alude, de pasada, en uno de los capítulos (el denominado La tierra de mis padres) del libro que Caroline Alexander ha dedicado a la guerra de Troya y que en la edición española –con traducción de José Manuel Alvarez Flórez- tiene como subtítulo “La verdadera historia de la Ilíada” (The True Story of Homer’s Iliad and the Trojan War en el original). Como la autora se anticipa a decirnos, no intenta añadir un volumen erudito más a los “miles de libros, artículos y conferencia sobre esa epopeya” sino tratar de lo que “la Ilíada dice de la guerra”.

La obra de Caroline Alexander tiene en realidad dos ejes: por un lado, la propia guerra de Troya (o, más exactamente, los acontecimientos que de ella narra Homero, circunscritos a un “período de unas dos semanas del décimo y último año de una guerra que se había convertido en un asedio sin salida”) y, por otro, la figura central de Aquiles, a quien ella considera “el vehículo de la grandeza de la Ilíada”.

MOSAICO LA OLMEDA AQUILESPara la autora, la vieja historia de aquel conflicto bélico de la Edad del Bronce, contado por Homero, “se convirtió en una amplia y sublime evocación de la devastación que supone cualquier guerra de cualquier época”. Y, sin acudir a fáciles comparaciones o a referencias oportunistas, en algunos pasajes del libro se desgranan comentarios ocasionales sobre las guerras contemporáneas, especialmente sobre las emprendidas por los Estados Unidos. A juicio de Caroline Alexander, nadie ha contestado mejor que Homero las preguntas eternas sobre la guerra “tanto en la vida como en la épica”, incluyendo “también las que plantea la guerra actual”, y Homero lo hizo precisamente desafiando la visión heroica del conflicto.

El primer capítulo del libro (“Las cosas que llevaban”) sitúa la guerra de Troya en su perspectiva histórica: Troya no fue sino un poder local que gozaba de un asentamiento estratégico a la entrada de los Dardanelos, contra el que combatieron Micenas y otros pueblos griegos en expansión a lo largo del Egeo. Los poetas épicos fueron configurando, durante siglos, la leyenda completa de aquellos enfrentamientos que acumulaban relatos y narraciones dispersas, de las cuales la Ilíada sólo seleccionaría unas pocas (aunque contiene referencias marginales a otras). Canta en realidad, como ya anuncia el primero de sus más de 15.000 versos, un episodio que desencadena la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, y las consecuencias funestas de su retirada de la lucha.

Entre las claves del relato que destaca Carolina Alexandre se encuentra una más de las leyendas (para la autora la Ilíada es el producto de una tradición larga y diversa, surgida a través de los siglos) según la cual el destino de Tetis, pretendida por Zeus y Poseidón, sería tener un hijo de un mortal (Peleo) a cambio de que aquél, “el mejor de los aqueos”, “habría de perecer en la guerra”. Y el irreversible camino a su desdichado fin comienza en el capítulo segundo del libro (Cadena de mando) certificando la incapacidad y la torpeza de Agamenón para dirigir la contienda, cuya falta de auctoritas Aquiles desprecia y cuya ofensa hace que se retire de la lucha. El escenario se abre, nos cuenta la autora, con un “desmoralizado ejército aqueo que combate bajo una jefatura deficiente y que quiere regresar a casa. Es, como mínimo, una forma notable de iniciar una gran epopeya bélica”.

A partir del tercer capítulo del libro (Normas de actuación) Caroline Alexander va diseccionando los sucesivos cantos de la Ilíada a la par que avanza la secuencia de sus escenas. Sin duda la lectura previa de estos cantos, en su versión propia, facilita la comprensión de la obra de Alexander pues en ella se nos desvelan las claves, a veces ocultas, a veces sólo intuidas, de cada episodio. Así ocurre, por ejemplo, con la aparición de Helena en las murallas de Troya y el ulterior combate entre Paris y Menelao, zanjado y frustrado por la intervención de Afrodita, la diosa protectora de Paris.

DESTRUCCION GUERRA DE TROYALa mayor parte de la Ilíada, una epopeya de la guerra, se centra en el matar y en el morir, y se reseña la muerte de unos doscientos cincuenta guerreros, la mayoría con imaginativo e implacable detalle”. Con estas palabras comienza el capítulo cuarto (Líneas enemigas) que corresponde a la exégesis del canto V de la Ilíada. Carolina Alexander destaca la humanización del enemigo, hasta el punto de que incluso las muertes de los troyanos se presentan como hechos lamentables. Homero insiste, subraya la autora, en “mantener muy visible el precio de la gloria”. Salvo contadas intervenciones de los dioses (Afrodita salva a Paris pero también a Eneas, para gozo de los lectores romanos y de Virgilio) el resultado del combate es la muerte, y esta constituye algo nefasto, deplorable, incluso en la guerra. Ocasionalmente se entremezclan escena de digresión, como el diálogo de Héctor y Andrómana, irrelevantes en sí mismas para la historia épica pero sin las cuales “la Ilíada no podría haber sido la Ilíada”.

En el capítulo V del libro (La tierra de mis padres) la atención vuelve a Aquiles una vez que el curso de la guerra se ha decantado provisionalmente a favor de los troyanos. La asamblea convocada por Agamenón, ahora dispuesto a compensar al hijo de Peleo por el desaire de Briseida, envía una delegación a Aquiles, episodio que para Carolina Alexander responde a la creación del propio Homero y no a la incorporación de tradiciones o leyendas precedentes. Ello le da pie para adentrase en la genealogía de Aquiles, las vicisitudes de su niñez y juventud (entre ellas el ya citado episodio de Skyros) y en su personalidad carismática. Aquiles es el eje de la Ilíada y a través de él “la vieja historia de la guerra de Troya no culminaría como una epopeya, ensalzando la gloria militar, sino como un retrato sombrío de su coste, incluso para su héroe más grande y glorificado”.

Particularmente significativo es el comentario de la autora sobre la respuesta de Aquiles a la embajada aquea. Respuesta que, a su juicio, ratifica la “subversión que hace la Ilíada de una línea narrativa convencional (el regreso previsto y triunfal de un guerrero cargado de botín)” por otra “verdad antiheroica”, la de que la vida es más valiosa que la gloria. Aquiles, afirma Carolina Alexandre, “con su lenguaje inconcebible secuestra a la Ilíada, llevándola a un terreno nuevo y emocionante”. Homero habría querido expresarnos con las palabras de Aquiles que “los viejos valores heroicos envueltos en su prolijidad informe no son ya relevantes”.

A la intervención de los dioses en el conflicto de Troya se dedica el capítulo VI del libro (Confiamos en Dios) una vez que, a partir del canto XIII de la Ilíada, Zeus aparta la vista de la ciudad y Poseidón aprovecha el descuido para favorecer a los aqueos. La Ilíada, además de la historia de la guerra troyana, es “el texto religioso básico más importante de la antigua Grecia”. No hay en ella ninguna acción tras la cual no se encuentre un estímulo divino y los retratos de las divinidades que en el relato aparecen –algunas procedentes de otras culturas, como revelan las fuentes epigráficas- habían sobrevivido a milenios de cambiantes costumbres religiosas y artísticas.

Las divinidades presentes en la Ilíada tienen rasgos ya muy definidos, muchos de ellos demasiado “humanos”. De ahí que Carolina Alexander, conocedora de los clásicos, nos recuerde las críticas y reproches ulteriores (Platón prohibía las obras de Homero en su república ideal como inapropiadas para la formación de los jóvenes) y el acertado juicio de Longino en De lo sublime: “Homero, dando noticias de las heridas de los dioses, sus disensiones, venganzas, lágrimas, cadenas y pasiones de toda suerte, hizo cuanto pudo para convertir en dioses a los hombres del sitio troyano, y a los dioses en hombres”.

AQUILES DESCUBIERTO POR ULISESLa muerte de Patroclo, el regreso de Aquiles al combate y la muerte de Héctor constituyen, respectivamente, los temas (ligados entre sí) a los que se dedican los capítulos VII, VIII y IX del libro. La Patrokleia tiene su significación propia y los cantos a ella dedicados constituyen para Carolina Alexander “parte de la estructuración narrativa más magistral y refinada de la Ilíada”. Si Aquiles había proclamado en el canto IX que nada de cuanto existe es más valioso que la vida, la Ilíada llega ahora al punto en que la muerte de Aquiles –que los lectores no llegarán a ver en ella- “se predice con la misma seguridad que se predijo la de Patroclo”.

El regreso de Aquiles, tras la escena en que recibe la armadura de manos de su madre Tetis, vuelve la epopeya al lugar en que empezó, con el caudillo aqueo asumiendo de hecho el mando de las tropas y Agamenón como personaje ya casi irrelevante. Pasando por alto la cólera con la que empieza el canto inicial, la vuelta de Aquiles al combate es “uno de los momentos mas dramáticos de la Ilíada”: la muerte de Patroclo “rompe el virulento hechizo de la cólera y ha hecho volver al héroe a su comunidad”. Aparece en escena, además y por última vez, Briseida, “causa inocente de tanta destrucción”, del mismo modo que el rapto de Helena lo había sido de la propia guerra.

El enfrentamiento de Hector y Aquiles, “dos hombres nobles que cuando se inició la Ilíada sólo habían querido vivir” se narra en el capítulo IX del libro de un modo singular: dejando hablar a la propia Ilíada, cuyo canto XXII traduce a su modo Carolina Alexander. La autora se limita a transcribirlo sin adiciones “porque es demasiado perfecto para fragmentarlo en citas y comentarios”.

El libro se cierra en el capítulo X (Gloria eterna) una vez que “Aquiles ha matado a Héctor y ha ganado la batalla trascendental de esta gran epopeya, de la misma manera que ha ganado en su enfrentamiento con Agamenón. Su cólera era el tema dramático de la Ilíada y esa cólera ha sido ya excluida y silenciada”. Pero, como una y otra vez subraya Carolina Alexander, la Ilíada no es una epopeya convencional y, en el momento del mayor triunfo militar de su héroe, Homero desvía la atención desde Aquiles a las dos muertes más importantes de su historia, las de Patroclo y Héctor.

AQUILES VENDA BRAZO PATROCLOLos juegos funerarios en honor de Patroclo, que sirven como epílogo a la Ilíada, nos permiten ver por última vez a los personajes de la epopeya. El encuentro entre Príamo, a la búsqueda del cadáver insepulto de su hijo Héctor, y Aquiles, ambos “en el ocaso mismo de su vidas”, da paso a los discursos de Andrómana y del rey que anuncian la inminente destrucción de Ilión, de Troya. Para Carolina Alexander “en la escena final de la epopeya se hace notoria la significación de su título: la Ilíada relata el destino de la ciudad de Ilión que pronto va a extinguirse”. Con aquellos dos discursos “Homero conjura las destrucciones individuales que acompañarán a la catastrófica caída de Troya: la guerra de Troya representa la guerra total”.

La lectura de La Guerra que mató a Aquiles no suple, obviamente, la de la propia Ilíada, la primera obra de la literatura universal, antes bien invita a hacerlo a quienes aún no hayan accedido a este tesoro o a releerla a quienes la tengan olvidada. Unos y otros descubrirán en la obra de Carolina Alexander algunas de las claves de la Ilíada y podrán comprender por qué, muchos siglos después, seguimos interrogándonos sobre la naturaleza humana utilizando como pretexto un no demasiado relevante conflicto bélico que tuvo lugar ante los muros de una ciudad de Asia menor llamada Troya.

Carolina Alexander (Florida, 1956) se doctoró en Clásicas por la Universidad de Columbia y ha colaborado en The New Yorker, entre otras publicaciones.

*Publicado por Editorial Acantilado, febrero 2015.