SATORI - JAPON Y PENINSULA IBERICA
Japón y la Península Ibérica: cinco siglos de encuentros
Fernando Cid Lucas (Coord.)

En la década de 1540 podemos rastrear los primeros contactos continuados entre japoneses y oriundos de la Península Ibérica. Fue en el año 1543 cuando una nave de pabellón portugués (recordemos que, en virtud del Tratado de Tordesillas firmado en 1494, Japón quedaba inscrito en lo que sería el área de influencia lusa), tras una fuerte tormenta, naufragó cerca de la isla de Tangeshima dando lugar a uno de los primeros contactos documentados entre europeos y habitantes del país nipón. Quizás sea para nosotros mucho más significativa la fecha del 15 de agosto de 1549, momento en que el jesuita navarro conocido como Francisco Javier desembarcó en la bahía de Kagoshima con el fin de iniciar durante dos años las misiones evangelizadoras en Japón.

Pese a haber transcurrido casi cinco siglos desde el primer contacto entre ambas civilizaciones, sólo en las últimas décadas españoles y japoneses hemos empezado a mostrar un cierto interés recíproco por nuestras respectivas culturas y sociedades. Tal vez la razón de este desentendimiento mutuo deba de buscarse en el año 1639, es decir casi un siglo después de los primeros contactos. En aquel año –tras un período marcado por un vaivén pendular de relaciones que van de lo cordial y efusivo, por un lado, a lo hostil y desconfiado por el otro– el gobierno Tokugawa decide proceder a la expulsión de los comerciantes y religiosos peninsulares, dejando prácticamente el país cerrado por completo a la influencia exterior (salvo el puerto de Nagasaki que quedará abierto a una pequeña línea de comercio, fundamentalmente de origen holandés y chino). Es cierto que Japón, hacia mediados del siglo XIX, hostigado por las potencias occidentales, y muy especialmente por un cada vez más pujante Estados Unidos, comenzará a reabrir sus fronteras al exterior. No obstante, para cuando suceda semejante acontecimiento, España ya se había convertido en una potencia europea de carácter menor y ni los gobiernos españoles mostraron excesivo interés por el país nipón, ni el nuevo gobierno japonés instaurado tras la Restauración Meiji manifestó una alta consideración por lo que pudiese obtener o aprender de España.

EMBAJADA HASEKURA JAPON EN ROMAA partir de finales del siglo XX ha renacido, sin embargo, el interés entre ambas sociedades. Impulsada por el éxito que nuestro país tiene en el turismo (incluido, por supuesto, el de procedencia japonesa), así como por el impacto de la cultura popular nipona a nivel mundial gracias a fenómenos como el manga y la cultura otaku o el mundo del videojuego (recordemos, por ejemplo, que Nintendo y Sony son compañías japonesas), esa renaciente influencia cultural mutua tiene mucho que aportar a nuestras respectivas sociedades. Y no estamos hablando solamente de la introducción de elementos como los viajes organizados, las modas populares o nuestras tan diferentes como ricas tradiciones gastronómicas. También es digno de considerar lo que unos podemos aprender del modo de resolver acuciantes problemas sociales y políticos por parte de los otros.

En este sentido, resulta encomiable la labor realizada por la editorial Satori, orientada a dar a conocer la cultura, historia y literatura japonesa al público de lengua castellana. Y un excelente modo de iniciarse en dicho camino es el libro coordinado por Fernando Cid Lucas, en el que se dan encuentro un grupo de estudiosos procedentes de ambas tradiciones. La obra, que lleva por título Japón y la Península Ibérica: cinco siglos de encuentros*, reúne un total de 18 escritos e investigaciones sobre los temas más variados: desde la historia de la relaciones internacionales a la cultura popular, pasando por la antropología cultural, los asuntos del imaginario colectivo o los más acuciantes problemas actuales en ambas sociedades.

En el libro se incluyen (entre otros temas) trabajos dedicados a cuestiones como la visión colectiva que los japoneses tienen y han tenido en el pasado de su propia cultura y sociedad; la imagen que nuestra cultura ha proyectado para intentar comprender la japonesa; acercamientos a biografías de personas desconocidas por el gran público y que, sin embargo, hicieron un trabajo encomiable en su época para que sociedades con una lengua y una cultura tan distintas pudieran mostrar aproximaciones políticas y culturales; el papel de las relaciones diplomáticas entre ambos países en dos momentos claves de nuestra historia del siglo XX como fueron la Segunda República española y la Guerra Civil; el turismo japonés interesado por nuestro país y nuestra afición al fenómeno otaku; la gastronomía japonesa; la pintura o el haiku como elementos artísticos propios de Japón y su recepción en nuestro país; o el impacto que los videojuegos han tenido en la internacionalización de empresas japonesas (y, por lo tanto, también en la globalización de su cultura a través de la diversión). Este listado de temas no agota la totalidad de los textos recogidos en el libro, pero puede servir para hacerse una idea del interesante compendio de cultura reflejado en sus páginas. Desde la moda más cotidiana al elemento artístico más refinado, Japón sigue resultándonos un país enigmático.

No obstante, no es únicamente de sus fenómenos culturales y artísticos de lo que nosotros los occidentales (y en concreto los españoles) podemos aprender de Japón. En su ensayo recogido en el libro, el difunto profesor emérito español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto, Antonio Cabezas García, nos recuerda, por ejemplo, que Japón consiguió superar de forma casi total los problemas del desempleo, el consumo de drogas o la delincuencia. Teniendo en cuenta que estos problemas son acuciantes en muchos países occidentales –y especialmente en el nuestro, donde las tasas de desempleo y de consumo de ciertas sustancias estupefacciones se cuentan entre las más altas de la Unión Europea– tal vez tengamos cosas que aprender de la experiencia japonesa.

Por su parte, también los japoneses pueden aprender de nuestros desarrollos históricos y del modo en que hemos solucionado algunas cuestiones que siguen preocupando a la población nipona: unos todavía insuficientes derechos laborales y prestaciones sociales, una creciente obsesión y estrés ante fenómenos como los exámenes de acceso a la universidad o una en demasiadas ocasiones generalizada mala conciencia colectiva; problemas todos ellos que los occidentales hemos conseguido ir superando con el tiempo y con adecuados mecanismos institucionales.

MARTIRIO CRISTIANOS EN JAPONLa historia de las relaciones entre Japón y la Península Ibérica no siempre ha sido cordial y fructífera, habiendo estado aquéllas marcadas, en ocasiones, por el conflicto. El caso más importante es, sin duda, el de las discontinuas persecuciones religiosas que los cristianos (tanto misioneros como japoneses convertidos) tuvieron que sufrir en Japón, inicialmente bajo la dictadura militar de Toyotomi Hideyoshi, quien en 1587 decretó la primera expulsión de misioneros cristianos. La persecución bajo el gobierno del clan Toyotomi tuvo su máximo apogeo en el año 1597, un año antes del fallecimiento del caudillo del clan. En ese año tuvo lugar en Nagasaki el asesinato de 26 cristianos, conocidos como los «mártires de Nagasaki».

El segundo momento de conflicto viene marcado por la mencionada expulsión de los religiosos y comerciantes de Japón, así como por el cierre del país al exterior en 1639, ambos hechos decretados por el clan que sucedió en el gobierno a los Toyotomi, la dinastía Tokugawa (no sin varios conflictos que finalizan en la batalla de Sekigahara, año 1600, con la victoria definitiva de su líder Tokugawa Ieyasu).

El tercero de los acontecimientos que marcan un punto de conflicto en las relaciones entre Japón y nuestro país tiene lugar ya en el siglo XX. El origen está en la airada respuesta que el representante español en la Sociedad de Naciones durante la etapa de la Segunda República, Salvador de Madariaga, dio a la política expansionista y militarista emprendida por el país nipón en la primera mitad del siglo XX, en el llamado «Incidente de Manchuria». Un artículo de entre los contenidos en este libro, precisamente elaborado por un autor japonés (Keishi Yasuda), se dedica al estudio de esta crisis diplomática abierta entre ambos países a partir de una divergencia de pareceres existentes entre los responsables del gobierno republicano español cuando aquel incidente tuvo lugar.

Afortunadamente en la actualidad las relaciones entre ambos países son cordiales. Japón y España comparten algunos foros internacionales como la OMC (ambos son miembros desde su fundación en 1995) o la OCDE (de la que ambos países forman parte desde los años 60) lo que ha facilitado las relaciones e intercambios entre ambas naciones. También desde los años 50 son continuadas las relaciones diplomáticas entre los dos países (desde el año 1952 está establecida la embajada permanente de nuestro país en Tokio). Además, y muy influidos por los efectos de la globalización y el acceso de crecientes capas de población a la cultura internacional, cada vez son más frecuentes los contactos entre sociedades, no solamente a nivel político e institucional, sino también de forma creciente en los flujos turísticos y la adopción de una serie de fenómenos y prácticas culturales (como la gastronomía, el manga, los videojuegos o las artes marciales) importados desde Japón. Todas estas cuestiones sirven para enriquecer mutuamente ambas culturas y tradiciones, cada una de las cuales goza de una verdadera tradición cultural y artística. Tal vez en este terreno el último hito haya sido la celebración del Año Dual Japón-España 2013/2014 que ha servido para potenciar todavía más estos intercambios.

Japón y la Península Ibérica: cinco siglos de encuentros es un interesante y bien editado libro que puede servirnos para conocer algo más en nuestro país acerca de la historia de unas relaciones que, aunque no siempre cómodas, pueden llegar a ser profundamente fructíferas. Es, también, un buen modo de aproximarse a la difusión que desde la editorial Satori viene haciéndose de la cultura japonesa, pensada para un público de lengua española.

*Publicado por la editorial Satori.

Andrés Casas