GALAXIA GUTENBERG - JAPON 1941 - ERI HOTTA
Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor
Eri Hotta

Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que vivirá en la infamia, los Estados Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por fuerzas navales y aéreas del Imperio Japonés. Los Estados Unidos se encontraban en paz con esa nación y, bajo solicitud de Japón, se encontraban todavía en negociaciones con el gobierno y su emperador con vistas al mantenimiento de la paz en el Pacífico”. Así comenzaba la alocución que el Presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt pronunció ante el Congreso tras el ataque sorpresa que las fuerzas japoneses habían llevado a cabo contra la flota americana en Pearl Harbor (Hawai). En la ofensiva el ejército estadounidense perdió (o fueron dañados) 188 aeronaves, ocho acorazados, tres cruceros, tres destructores, un buque escuela y un minador, además murieron 2.403 hombres y otros 1.178 resultaron heridos. Al día siguiente, 8 de diciembre, los Estados Unidos declararon la guerra al Imperio nipón y tres días más tarde entraban en guerra contra la Alemania nazi y la Italia de Mussolini.

El ataque de Pearl Harbor ha sido exhaustivamente analizado por la historiografía occidental, además de convertirse en un símbolo gracias a la capacidad estadounidense para magnificar este tipo de acontecimientos. Sirva como ejemplo la película Pearl Harbor, del director Michael Bay, estrenada en 2001. Sin embargo, pocos trabajos, al menos publicados en Europa, abordan la ofensiva nipona desde el punto de vista del atacante. Quizás por ello conocemos mejor –y con detalle- las consecuencias del ataque, pero ignoramos los motivos que llevaron a los dirigentes japoneses a tomar una decisión tan drástica, a la postre con consecuencias catastróficas para el Imperio del Sol Naciente. Las obras que analizan el conflicto lo hacen como si la agresión japonesa fuese un fait accompli y comienzan su investigación minutos después de que tuviese lugar.

ATAQUE PEARL HARBORLa profesora japonesa Eri Hotta rompe con esta tendencia y explora en su obra Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor* la sucesión de acontecimientos que condujeron al Imperio nipón a optar por la vía militar. En un sobresaliente trabajo que combina la historia política con la diplomática y la bélica descubrimos las tensiones, disputas y luchas de poder entre las élites japonesas durante los meses previos al ataque, así como el ambiente que rodeaba a un país ahogado por la escasez y por las privaciones económicas pero que mantenía su orgullo y altivez, buscando ser reconocido por sus homólogos como una gran potencia tras siglos de aislamiento.

A la hora de abordar el ataque a Pearl Harbour surgen, inevitablemente, dos interrogantes fundamentales: ¿pudo haberse evitado? y ¿quiénes fueron los responsables o culpables de que se produjese? Eri Hotta no rehúye estas cuestiones y las convierte en el centro de su investigación. Así de contundente se muestra al final del prólogo de su obra: “Las personas pueden derrochar su dinero en las mesas de los casinos. Pero la apuesta nacional de Japón puso en peligro a su población y a los países que atacó o invadió. Explicar una decisión de esa magnitud limitándose a decir que la guerra era ‘inevitable’ resulta completamente inadecuado. Así que, ¿quiénes y qué llevaron a Japón a atacar Pearl Harbor?”. Por cierto, como inciso, diremos que el prólogo de la profesora japonesa es uno de los textos más interesantes y bien construidos que hemos tenido la oportunidad de leer en bastante tiempo.

Contestar por separado a las dos preguntas anteriores no era tarea sencilla dado que quienes, en gran medida, pudieron haber evitado la guerra fueron los mismos que condujeron a Japón al abismo. Además, plantear estas hipótesis setenta años después hace más difícil comprender los sentimientos, inquietudes y deseos que imperaban en la sociedad nipona y, especialmente, entre sus líderes. A todo ello se ha de añadir la notable ausencia de documentos públicos o privados. Eri Hotta logra, no obstante, soslayar estos obstáculos y describe un escenario bastante ajustado y realista del estado anímico en que se encontraba sumido el Imperio de Japón en aquel fatídico año de 1941.

Para comprender la mentalidad de los hombres, sobre todo de los militares, que gobernaban Japón en los años treinta y cuarenta del siglo XX hay que remontarse a la Revolución Meiji y las implicaciones que ésta tuvo en la sociedad japonesa. Tras siglos de aislamiento bajo el sistema político denominado shogunato, el siglo XIX marcó un período de apertura y occidentalización. El espectacular crecimiento económico estuvo acompañado, además, de un despertar intelectual y cultural, aunque también trajo consigo las ansias expansionistas de un sector de la población. De las reformas que se acometieron durante este período Eri Hotta destaca una en concreto: el Edicto Imperial a Soldados y Marineros de 1882.

EMBAJADA JAPONESA EN BERLINLa autora resalta la importancia del edicto de 1882 en estos términos: “La Constitución Meiji, que entró en vigor aproximadamente ocho años después, no aclaró la cuestión [la relación exacta entre el gobierno y las Fuerzas Armadas], pues no subordinaba las Fuerzas Armadas al gobierno. Medio siglo después, esto permitió a políticos de derecha y a oficiales radicalizados afirmar que eran libres de seguir sus propias políticas cuando ‘aconsejaran’ al emperador e invocar la noción de independencia del mando supremo. Por esto, el decreto imperial de 1882 puede considerarse una de las causas subyacentes de la militarización de Japón durante la década de los treinta y, en último término, del ataque a Pearl Harbor” (el subrayado es nuestro).

Antes de tomar la decisión de atacar Pearl Harbor, el ejército japonés venía de enfrentarse a coreanos, rusos y chinos y había participado en la Primera Guerra Mundial (en el bando aliado) generalmente con resultados satisfactorios, aunque el conflicto en China se había enquistado y estaba durando más de lo planeado. Resulta obvio que en este continuo estado de guerra el ejército tuviese un papel muy destacado dentro del gobierno nipón. Al mismo tiempo, y como explica Eri Hotta, la fuerza y los seguidores de las corrientes ultranacionalistas crecían a pasos agigantados, como lo hacía la sensación de que las potencias occidentales “ninguneaban” a Japón, incluso por motivos racistas. Se estaba creando un clima propicio para la escalada militar. En todo caso, una cosa era enfrentarse a una débil China y otra muy distinta iniciar un conflicto contra la colosal maquinaria bélica estadounidense. La confusión, dudas y miedos de los responsables militares y políticos ante semejante reto quedan perfectamente recogidos en la obra que ahora reseñamos.

Nombres como Sugiyama Hajime, Matsouka Yosuke, Konoe Fumimaro o Tojo Hideki son completamente desconocidos para la inmensa mayoría de la población (no ya solo española, sino europea o estadounidense) y sin embargo corresponden a algunos de los personajes más relevantes de la historia reciente de Japón. Sugiyama era el jefe del Estado Mayor del ejército nipón cuando se produjo el ataque, Matsouka fue ministro de Asuntos Exteriores hasta julio 1941 y tanto Konoe como Tojo ostentaron el cargo de primer ministro durante ese mismo año ¿A ellos se le puede achacar la responsabilidad de la ofensiva? Pues es difícil decirlo. Durante los meses previos a Pearl Harbor el gobierno japonés era un crisol de opiniones, muchas de ellas contradictorias.

USS_California_sinking-Pearl_HarborComo explica Eri Hotta, nadie fue capaz de tomar una decisión en firme, ni a favor ni en contra de la guerra, pues nadie quería ser censurado por haber adoptado la opción errónea. Y este estado de ánimo no sólo afectaba a los políticos “[…] las Fuerzas Armadas, aunque divididas e inseguras sobre la viabilidad de una guerra concebida precipitadamente, se estaban convirtiendo en prisioneras de su propia retórica belicosa”. Si de algo se les podía acusar era de irresolución, pues dejaron que los acontecimientos siguiesen su rumbo sin intentar, más allá de tímidos esfuerzos, tomar el control de la situación. De nuevo en palabras de Eri Hotta, “El lenguaje agresivo dio a esos jefes una sensación ilusoria de poder y valentía cuando el resto de los líderes titubeaban y vacilaban entre la guerra y la paz, incapaces de articular un no rotundo”. En repetidas ocasiones se acudió a la diplomacia pero la desconfianza y el rencor hacia los americanos, así como una resistencia obstinada y orgullosa ante determinadas cuestiones (por ejemplo, la paz con China o la retirada de las tropas del sudeste de Indochina), hicieron imposible alcanzar cualquier acuerdo.

En cierto modo, los meses previos al ataque de Pearl Harbor recuerdan a la frenética actividad diplomática y los preparativos militares que se produjeron en Europa poco antes de la Primera Guerra Mundial. Nadie quería en 1914 la guerra (a pesar de la retórica belicista de los líderes militares) pero nadie puso los medios para impedirla. La profesora japonesa describe perfectamente esta misma situación en la obra: “Todos los líderes [japoneses] afirmaron su derecho a decidir el destino de Japón comenzando una guerra, mientras que, paradójicamente, insinuaban que no poseían el control último sobre el destino del país que dirigían”.

Entre quienes tuvieron en su mano la capacidad de alterar el destino de la guerra, sobresale por encima del resto el emperador Hirohito. Eri Hotta reflexiona sobre el papel que desempeñó en las discusiones previas a la ofensiva y concluye que, aun mostrándose reacio al inicio de las hostilidades, no quiso inmiscuirse –lo que por otra parte venía siendo habitual– en las decisiones de gobierno. Para la sociedad japonesa el emperador se asemejaba a una especie de Dios que, a diferencia de occidente, no tomaba partido activamente en la política de su país. Desconocemos qué hubiese sucedido si Hirohito se hubiese opuesto categóricamente (o al menos con cierta contundencia) a la guerra. Su pasividad dio alas al proyecto y facilitó las maniobras de las facciones más belicosas.

GOBIERNO DE KONOELa obra de Eri Hotta explora indirectamente una de las cuestiones esenciales de la historiografía: ¿es el hombre quien crea su propia historia o es un simple instrumento dentro de circunstancias que marcan sus propios tiempos? La profesora japonesa parece decantarse por lo primero y exime al pueblo nipón de la responsabilidad última de la guerra, además de descartar que el conflicto fuese inevitable. Serían sus líderes quienes fallaron, incapaces de evitar un conflicto a pesar de saber que las probabilidades de ganar eran muy reducidas.

Concluimos recomendando una vez más la lectura de este excepcional libro que ahonda en uno de los aspectos menos conocidos de la Segunda Guerra Mundial: los prolegómenos de la entrada de Japón en la contienda. Durante estos meses, la suerte del destino nipón pendió de unos pocos hombres que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Citaremos por última vez a la autora: “la raíz del problema en el gobierno japonés fue la misma durante todo 1941: ninguno de sus máximos líderes, pese a sus ocasionales protestas, tuvo suficiente voluntad, deseo o valor para frenar el impulso hacia la guerra

Eri Hotta, nacida en Tokio y educada en Japón, Estados Unidos y Reino Unido, es licenciada en Historia por la Universidad de Princeton y doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad de Oxford, donde ha impartido clases, así como en la Universidad Hebrea de Jerusalén. También ha sido profesora investigadora en el National Graduate Institute for Policy Studies de Tokio. Actualmente vive en Nueva York.

*Publicado por la editorial Galaxia Gutenberg, marzo 2015.