GRANDE - PENINSULA - ACABAR TODAS GUERRAS
Para acabar con todas las guerras
Adam Hochschild

Desde el punto de vista del mundo editorial, 2014 ha sido sin duda el año del centenario de la Primera Guerra Mundial. Raro es encontrar una editorial, incluso entre las no especializadas en historia, que no haya publicado un trabajo centrado en la Gran Guerra. La mayoría de estas obras han abordado las causas que llevaron a las potencias europeas a la guerra o el desarrollo de las operaciones militares. Algún libro ha analizado el impacto que la generalización de la lucha provocó en la sociedad de la época, y en España, que permaneció neutral, se han publicado textos sobre cómo se vio y vivió el conflicto desde la península. De entre la abundante bibliografía sobre la “guerra que tenía que acabar con todas las guerras”, como la definió el presidente estadounidense Woodrow Wilson, muy poca, por no decir ninguna, ha estudiado al reducido número de personas que, en contra de la inmensa mayoría de la opinión europea, se opuso a la guerra. Sus voces, ahogadas entre el estruendo de la artillería y las llamadas a la patria, no han tenido la misma repercusión mediática que los ataques y contrataques en el frente. Por suerte, Adam Hochschild ha conseguido rescatarlas en su libro Para acabar con todas las guerras. Una historia de lealtad y rebelión (1914-1918)*.

Todavía hoy, cien años después del inicio de la contienda, sorprende el entusiasmo con que todos los combatientes abrazaron el espíritu bélico y se dirigieron hacia el campo de batalla. Por supuesto, nadie imaginó que la guerra se alargaría más de cuatro años y que en ella perecerían millones de jóvenes. La Primera Guerra Mundial fue el comienzo de un nuevo modelo de enfrentamiento en el que pesaban más los avances tecnológicos que el élan de la caballería. Nadie, ni los aliados, ni los alemanes, estaba preparado para esta nueva forma de hacer la guerra. Los altos mandos de ambos ejércitos tardaron varios meses (o años) en darse cuenta de que las tácticas habituales (como la tradicional “carga”) eran inútiles frente a un ordenado enjambre de ametralladoras. Su ceguera provocó cientos de miles de muertes, la mayoría de ellas innecesarias. A pesar del desorbitado número de bajas, el fervor patriótico apenas decayó y sólo las extremas condiciones en que se hallaba la población alemana permitieron que la guerra llegase a su fin.

HARDIE PROTESTANDO CONTRA GUERRAEn los años previos al asesinato del Archiduque Fernando el espíritu del socialismo recorría Europa. Los movimientos obreros empezaban a ocupar un hueco en el debate político y obtuvieron los primeros escaños en los Parlamentos europeos. Parecía que el ímpetu socialista podría derribar las fronteras entre países, o al menos las conferencias de la II Internacional daban esa sensación. Sin embargo, el inicio de la guerra desbarató cualquier proyecto unitario y la retórica internacionalista de los años anteriores fue sustituida por una llamada a la defensa de la patria. No todos se dejaron arrastrar y Adam Hochschild encuentra a varios de sus personajes en las filas de estos movimientos obreros.

La obra de Hochschild es de difícil clasificación. Como el propio autor explica en la introducción, “El siguiente relato no es en modo alguno una historia exhaustiva de la Primera Guerra Mundial y del período anterior a ella, ya que he omitido muchas batallas, episodios y dirigentes famosos. Tampoco es una historia sobre personas a las que normalmente se les considera un grupo, como los poetas de la guerra o el círculo de Bloomsbury; por lo general he evitado a personajes tan conocidos”. El escritor estadounidense busca, a través de un variado y heterogéneo mosaico de figuras y personalidades, mostrarnos el sinsentido de la contienda y el comportamiento de una sociedad cuando se ve amenazada y solo atiende a los tambores de la guerra. En las páginas del libro no hay héroes, ni cobardes, tan sólo hombres con distintas formas de entender el mundo y la guerra: todos ellos son, de un modo u otro, el espejo del pueblo inglés a principios del siglo XX.

Hochschild toma como punto de partida las celebraciones que se produjeron en Londres el 22 de junio de 1897 para festejar el sexagésimo aniversario del ascenso al trono de la reina Victoria. El Imperio británico se hallaba en el cenit de su poder, sus posesiones se extendían por todo el planeta y no existía potencia en el mundo que igualase su capacidad militar. Ni tan siquiera la dura guerra librada contra los boers sudafricanos (que también es tratada extensamente en el libro) permitió vislumbrar la catástrofe que quince años más tarde sacudiría al mundo. Los primeros capítulos nos sirven para contextualizar a los personajes y comprender el triunfante ánimo que imperaba en la sociedad europea. El punto final, los meses posteriores a la victoria aliada, refleja un panorama radicalmente diferente en el que la alegría por la victoria se oscurece con el recuerdo de las muertes y del titánico y penoso esfuerzo realizado.

EMMELINE PANKHURST ARRESTADAA pesar de que organiza su obra siguiendo un orden cronológico, a Hochschild no le interesa tanto detenerse en los hechos (apenas relevantes para la finalidad de su trabajo) como estudiar la evolución que sufren los protagonistas y el impacto que en ellos causó el inicio de la Primera Guerra Mundial, verdadero punto de inflexión de la obra. De este modo, el relato se construye a través de las vivencias de sus protagonistas. En palabras del propio autor: “Normalmente se escribe de una guerra como de un duelo entre bandos. Sin embargo, aquí he tratado de evocar aquella guerra mediante las historias de un país, Gran Bretaña, de algunos hombres y mujeres que formaban parte de la gran mayoría que creían fervientemente que merecía la pena luchar y de algunos de aquellos que estaban igual de convencidos de que no había que luchar en absoluto”.

Entre los personajes que recoge Hochschild destacan la sufragista Charlotte Despard y su hermano el mariscal de campo sir John French (que fue comandante en jefe de los ejércitos británicos en el frente occidental), la familia Pankhurst, el dirigente socialista Keir Hardie, el matemático y filósofo Bertrand Russell, el mariscal de campo sir Douglas Haig (quien sustituirá a French a cargo de las fuerzas inglesas), el escritor John Buchan, el político Alfred Milner, la activista Emily Hobhouse o el socialista Albert Rochester, por citar solo a algunos. Si aparentemente provienen de mundos distintos, muchos de ellos (por no decir todos) se conocieron o mantuvieron algún tipo de relación. Ya hemos dicho que John French y Charlotte Despard eran hermanos; una de las hijas de Emmeline Pankhurst, Sylvia, tuvo una larga relación “extramatrimonial” con Keir Hardie; mientras que Milner tuvo en Emily Hobhouse su “némesis” y en Buchan su principal adalid en la creación de la propaganda de guerra. Hardie y French fueron grandes amigos, hasta que el primero maniobró para ocupar el puesto del segundo durante la guerra.

Resulta de gran interés ver cómo el comienzo de la Gran Guerra alteró sustancialmente el comportamiento de algunos de los protagonistas de la obra, en especial de quienes se oponían a ella antes de su inicio. El ejemplo más dramático es el de las integrantes de la familia Pankhurst. Hasta 1914 habían sido las principales defensoras del movimiento sufragista y compartían las ideas socialistas. La guerra, no obstante, fracturó para siempre a la familia. Tanto la madre, Emmeline, como la hermana mayor, Christabel, dejaron a un lado sus aspiraciones y apoyaron sin fisuras la guerra, dando mítines y animando a los jóvenes ingleses a alistarse. Por su parte, Sylvia mantuvo en todo momento su frontal oposición. Tras la victoria nunca más volvieron a hablarse.

SOLDADOS TRINCHERA PRIMERA GUERRA MUNDIALEn definitiva, la obra de Hochschild es un magnífico trabajo que analiza uno de los aspectos menos conocidos de la primera Gran Guerra: aquellas pocas figuras que se opusieron a ella. Puede parecernos menos cautivador saber qué le sucedió al objetor de conciencia en las cárceles británicas que conocer cuál fue el destino de los soldados que lucharon en la batalla del Somme; sin embargo, tantos unos como otros sufrieron las consecuencias de defender unos ideales y en no pocas ocasiones ambos encontraron la muerte. El libro que ahora reseñamos nos sirve de recordatorio del sinsentido de la guerra y de cómo, a veces, luchar contra el clamor de la mayoría demuestra más valor que dejarse arrastrar por ella.

Adam Hochschild (Nueva York, 1942) vive en San Francisco, ejerce la docencia como profesor de redacción en la Graduate School of Journalism de la Universidad de California en Berkeley, y durante el curso 1997-1998 fue profesor Fulbright en India. Colabora en varias revistas norteamericanas, entre las que destacan The New Yorker y The New York Review of Books. Es autor de Half the way home: A memoir of father and son, The mirror at midnight: A South African journey, The unquiet ghost: Russians remember Stalin, Finding the Trapdoor: Essays, portraits, travels.

*Publicado por la editorial Península, enero 2015.