GRANDE - ERGASTULA - HISTORIA FORTALEZA
Historia de una fortaleza
Eugéne Emmanuel Viollet-le-Duc

Si un día se encuentran paseando por Pamplona probablemente les llamará la atención un “edificio” (quizás sería mejor definirlo como una “construcción”) pentagonal delimitado por murallas que forman numerosos ángulos extraños, con cambios de nivel, recubierto por una fina hierba y que guarda poca relación con el resto del paisaje urbano. Como ustedes son personas instruidas habrán reconocido rápidamente que este “edificio” no es otro que la ciudadela de Pamplona construida en 1571 por orden del monarca Felipe II. Otras ciudades españolas (Toledo, Sevilla, Cádiz, Barcelona, Ávila, Granada…) mantienen, todavía hoy, muchas construcciones defensivas aunque, por supuesto, ninguna de ellas cumple ya con esta finalidad y la mayoría se han convertido en museos o se han destinado a otros usos turísticos.

La guerra actual no requiere de castillos, ni de baluartes; la aviación y la artillería convierten en superfluas estas construcciones. Hasta el siglo XIX, no obstante, las plazas fuertes eran piezas esenciales en los planes estratégicos de cualquier general. Por ejemplo, durante la Guerra de los Treinta Años la principal actividad de los contendientes era el sitio y asedio de aquellos enclaves, mientras que en la Edad Media los castillos no eran sólo elementos defensivos, sino verdaderos símbolos del poder feudal. Cuando los avances bélicos y el crecimiento demográfico hicieron innecesarios estos edificios, además de un estorbo para los nuevos planes urbanísticos, surgió la pregunta de qué hacer con ellos. Las soluciones fueron múltiples y en algunos casos primó el “progreso” frente a la historia, por lo que muchas de estas construcciones fueron destruidas o adaptadas al entramado urbano. Otras, sin embargo, se conservaron y todavía se mantienen en pie.

FORTALEZA CARCASONEEspaña cuenta con un patrimonio histórico espectacular, de los más impresionantes del mundo (aunque muchas veces se nos olvide). Afortunadamente en los últimos años, –aunque su origen se remonta a algún que otro siglo atrás– ha crecido el interés por la conservación del patrimonio y su restauración. El número de empresas, fundaciones y órganos institucionales dedicados a estas materias ha aumentado de forma considerable, a pesar de las limitaciones económicas. Para los profanos a veces nos resulta difícil discernir cuándo estamos ante un trabajo arqueológico o un proyecto de restauración (que me perdonen los especialistas si digo algún sinsentido). En opinión de quien escribe esta reseña ambas actividades deberían ir unidas. Prueba de la mezcla entre arqueología, arquitectura, historia militar y defensa del patrimonio es la excelente obra del restaurador francés Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc, Historia de una fortaleza*, cuya publicación en Francia a finales del siglo XIX revolucionó el mundo de la restauración e influyó en figuras tan destacadas de la arquitectura como Gaudí, Horta o Petrus Berlange.

La obra de Viollet-le-Duc es de difícil clasificación y quizás ese sea su gran éxito. No estamos, ni mucho menos, ante el típico libro (normalmente denso) de arqueología en el que se detalla de forma pormenorizada el trabajo realizado en los yacimientos; tampoco es un estudio arquitectónico sobre una fortaleza en el que el lego se pierde entre detalles técnicos; y no se trata tampoco de un libro de historia militar al uso. El arquitecto y restaurador francés logra aunar todos estos temas, en apariencia heterogéneos, y elabora un original texto para relatarnos la evolución de una fortaleza imaginada en la zona oriental de Francia, desde sus orígenes (incluidos sus primeros moradores) hasta el siglo XIX. No se trata de un relato cronológico sino episódico, a través del cual Viollet-le-Duc utiliza la descripción de siete asedios que padece la fortaleza para mostrarnos el cambio de mentalidad y las formas de hacer la guerra y de concebir la ciudad fortificada a lo largo del tiempo. Detrás de cada sitio y de cada transformación llevada a cabo en la fortaleza hallamos, como ya hizo Gabriel García Márquez con su Colombia natal en Cien Años de Soledad, el reflejo de la historia de Francia.

La narración adopta en ocasiones tintes novelados. Para hacer más amena la lectura y no caer en una monótona relación de ataques y contraataques, el arquitecto francés introduce personajes como el apuesto galo Sigild, el valiente franco Clodoald o el viejo barón Guy (cada uno de los siete asedios cuenta con sus propios protagonistas) que ayudan a humanizar el relato. Aunque en realidad el verdadero protagonista de la obra es el concepto de “fortaleza”. Olvídense de los materiales o de la disposición de la torres o murallas, cuyas descripciones aparecen detalladamente recogidas en la obra: Viollet-le-Duc se propone (y logra) transmitirnos la esencia de la fortificación y el papel que jugaba en cada sociedad.

RETRATO VIOLLET-LE-DUCPara el aficionado a la historia militar, el libro le resultará una delicia pues el restaurador francés describe con precisión y sencillez los movimiento de sitiados y asaltantes. Los siete asedios corresponden a épocas distintas y cada uno representa un momento concreto de la historia de Francia: el primero muestra las primeras comunidades organizadas en la región; el segundo comienza con la llegada de los ejércitos romanos; el tercero recoge el efecto de las incursiones bárbaras; el cuarto ilustra sobre la aparición del castillo feudal y las luchas entre señores y vasallos; el quinto describe las primeras defensas contra la artillería de fuego, al hilo del enfrentamiento entre borgoñeses y franceses; el sexto dibuja la guerra entre las potencias imperiales y la Francia del siglo XVII, y el séptimo y último se sitúa en las postrimerías del imperio napoleónico. Por cierto, una máxima universal y atemporal podemos extraer de la lectura del libro: ninguna fortaleza resistirá un asedio si no recibe, antes o después, ayuda exterior que haga huir o retroceder al enemigo.

Destacan por su calidad las numerosísimas ilustraciones que acompañan a las explicaciones de Viollet-le-Duc. A medida que la fortaleza adopta una disposición más compleja para hacer frente a la artillería, las imágenes se vuelven más necesarias para comprender el desarrollo del asedio.

Especial interés tiene la introducción a cargo de Fernando Vela Cossío (“Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc y la arquitectura española”) cuyo detallado análisis nos ayuda a comprender mejor la figura del arquitecto francés y las primeras restauraciones llevadas a cabo en España a lo largo del siglo XIX y principios del XX. Como explica el profesor Vela, “muy pocos autores han ejercido tanta influencia en el pensamiento arquitectónico de su tiempo como Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc”. Su forma de entender el trabajo del restaurador –“impregnada de una particular interpretación del gótico”– ayudó a impulsar la corriente del racionalismo estructural en Francia, escuela que concebía al restaurador como un intérprete del espíritu de la obra que debía aplicar a la hora de reconstruir el monumento en el que trabajaba.

CIUDADELA DE BECANSONJunto al estudio biográfico de Viollet-le-Duc, Fernando Vela detalla “el despertar de la conciencia patrimonial” en España y el desarrollo del medievalismo en nuestro país. El punto de partida se sitúa en 1844 con la creación de la Comisión Central de Monumentos y la Escuela Especial de Arqueología y continuará de la mano de figuras como Manuel de Assas, José Amador de los Ríos, Francisco Jareño Alarcón, Juan de Madrazo, Ricardo Velázquez Bosco o Vicente Lampérez y Romea. También analiza el tratamiento que se ha hecho del patrimonio de la ciudad fortificada en España en los dos últimos siglo, respecto del cual Fernando Vela afirma que “no creo que resulte excesivamente exagerado afirmar que la destrucción del patrimonio arquitectónico español durante los siglos XIX y XX ha tenido proporciones verdaderamente apocalípticas”.

El arquitecto francés Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc ha pasado a la historia como uno de los primeros y más importantes restauradores de monumentos. Tuvo la oportunidad de intervenir en grandes conjuntos religiosos y civiles pero, de entre todos sus trabajos como arquitecto y como restaurador de monumentos, habría que destacar aquellos relacionados con el mundo de los castillos y con la arquitectura militar. Entre sus obras de arquitectura en este ámbito podemos destacar la construcción del Château d’Abbadia en Hendaya (1860-1870), el de Tertre d’Ambrières (Mayenne), el de Pupetières (1861) y el de La Flachère (1863), en del departamento de Rhône-Alpes. Sin embargo, serían sus investigaciones y sus intervenciones en los castillos de Coucy (1856-66), Pierrefonds (1858-1879), Montdardier (1860) y Roquetaillade (1864) y, sobre todo, sus importantes trabajos en el conjunto de Carcasona (1855-1879), los que convirtieron a Viollet-le-Duc en una de las autoridades más importantes de su tiempo y en una fuente inagotable de material para la investigación en este campo del conocimiento.

*Publicado por la editorial La Ergástula, septiembre de 2014.