KEEGAN - TURNER - ROSTRO DE LA BATALLA
El rostro de la batalla
John Keegan

La historia militar es, quizás, una de las ramas de la disciplina histórica que más atrae al público no especializado. Existen editoriales dedicadas exclusivamente a difundir los muchos libros publicados sobre guerras y batallas. El cine bélico también resulta especialmente atractivo para el espectador pues ante sus ojos se despliega todo aquello que busca en una película: acción, aventura, efectos especiales y drama. Por no hablar de los videojuegos que recrean, cada vez con mayor realismo, operaciones y batallas, incluso a gran escala. El hombre corriente se ha acostumbrado –en occidente- a percibir la guerra como algo ajeno y lejano, algo que tan sólo se desarrolla en las pantallas de su televisor sin que tenga mucho que ver con su día a día. En los últimos años se ha producido un fenómeno curioso, al menos en Europa: a la vez que asistimos a una cierta banalización de las fuerzas armadas, vistas hoy como instrumentos defensivos y con poca cabida en sociedades avanzadas, el interés por la historia bélica ha aumentado considerablemente.

El desorbitado avance tecnológico contribuye a reforzar la impresión de que la guerra ha pasado a ser una especie de película que los medios de comunicación nos van narrando con sus reportajes y noticias. Los drones y las armas balísticas de gran precisión incrementan la sensación de que el hombre es tan sólo un mero coordinador cuya misión queda limitada a apretar un botón. Sin embargo, nada hay más lejos de la realidad. Una máxima militar que tiene pocos visos de cambiar en un futuro cercano es que sin la infantería es imposible conquistar o asegurar un territorio. Por muy eficaces que sean la artillería o la aviación, un campo de batalla jamás podrá ser tomado si no interviene el hombre: así sucedió en Vietnam o sucede en Afganistán, donde una superpotencia mundial con recursos económicos extraordinarios poco puede hacer contra unos pocos combatientes escondidos en las montañas.

Las guerras las ganan y las pierden los hombres, al igual que las batallas las luchan los soldados. Los oficiales pueden organizar y encauzar una táctica concreta pero si sus hombres les fallan, poco podrán hacer. Cuando alguien narra que el ejército inglés trato de envolver por el flanco izquierdo al ejército francés y sólo lo logró a costa de perder numerosos efectivos nos está contando sólo una parte de la batalla, la más abstracta, seguramente a costa de omitir aspectos tanto o más importantes. Frente a este modo de exponer el desarrollo de una batalla (y por extensión, de entender la historia militar) se alza el libro de John Keegan, El rostro de la batalla*, escrito en 1976 pero cuyos postulados siguen siendo perfectamente aplicables más de treinta años después.

BATALLA AGINCOURTLa finalidad que Keegan busca con esta obra viene descrita en un magistral capítulo introductorio (“Cosas viejas, tristes y lejanas“) por el propio autor: “[…] me propongo, en cambio, ocuparme de las heridas y su tratamiento, de la mecánica de ser cogido prisionero, de la naturaleza del liderazgo en los niveles inferiores, del papel de la coerción para que los hombres resistan en su puesto, de los accidentes como causa de muerte en la guerra y, sobre todo, de qué peligros representan para el soldado las distintas clases de armas en el campo de batalla“. Estamos, pues, antes un intento por humanizar el campo de batalla, por comprender los anhelos y las inquietudes del ser humano cuando se le envía a una muerte probable y qué le hace avanzar hacia el enemigo o huir en estampida. Keegan abandona la imagen poética o, incluso épica, que teníamos de la guerra para hacerla lo más real y desmitificada posible.

En ningún caso la obra adquiere tintes antibélicos. Keegan, un consagrado especialista en historia militar, se limita a dar un enfoque alternativo a la historiografía bélica tradicional en la que imperaba el análisis de la estrategia, de la táctica o de las decisiones de los líderes militares (aunque de forma más reducida también aparecen explicadas en su libro). A través de la narración de tres importantes batallas, las de Agincourt, Waterloo y Somme, comprendemos cómo va evolucionando el arte de la guerra y cómo varían las reglas del comportamiento militar pero también asistimos, de forma paralela, a la transformación de la sociedad.

En la batalla de Agincourt (24 de octubre de 1415) el ejército francés, compuesto casi en exclusiva por hombres de armas, a caballo y a píe, sufrió una severa derrota frente al ejército inglés de Enrique V compuesto en su mayoría por arqueros. Keegan detalla, en primer lugar, cómo se desarrolló el enfrentamiento: ataque de los arqueros ingleses, posterior carga de la caballería francesa repelida, ataque de la infantería francesa también contenido y, como consecuencia de ello, un apilamiento final de soldados galos aprovechado por las tropas inglesas para destrozarlos.

BATALLA DE WATERLOOEl interés del autor no se centra tanto en los movimientos tácticos sino en analizar los distintos elementos que constituyeron el núcleo de la batalla: destaca entre ellos el severo correctivo que los arqueros ingleses infligieron a los pesados y lentos hombres de armas franceses o cómo el objetivo principal de quienes participaron no era matar al enemigo, sino hacer prisioneros para obtener un posterior rescate (de ahí que fuese tomada con gran reticencia, e incluso incumplida, la orden del monarca inglés de ejecutarlos para no tener que destinar hombres a su vigilancia). También aborda la mecánica de la lucha cuerpo a cuerpo y el tratamiento dado a los heridos. Resulta anecdótico el episodio –recogido en el libro- de la reunión de los heraldos, tras finalizar la batalla, para acordaron el nombre de ésta y el vencedor.

La batalla de Waterloo (18 de junio de 1815) es una de las más famosas de la historia y poco más se puede añadir a lo dicho por la muy abundante bibliografía publicada sobre ella. Sus aspectos tácticos tienen para John Keegan una importancia secundaria y, frente a ellos, adquieren mayor protagonismo, entre otros, los tipos de combate (hasta siete modalidades diferentes) de la artillería, caballería e infantería, o los motivos de la huida de la Guardia Imperial que marcó el final de la contienda y, con ella, del Imperio napoleónico.

En Waterloo empezamos a percibir cómo la lucha cuerpo a cuerpo desaparece, pues las armas de fuego ya no la permiten, lo que se reflejará en el comportamiento de los hombres durante la batalla. Si en Aguincourt gran parte de los combates fueron individuales, de uno contra uno (lo que obligaba a identificar al oponente), a medida que la pólvora se impone el enemigo se convierte en una masa uniforme, sin rostro, a la que hay que derribar. Keegan explica con gran claridad cómo se produce esta evolución en la mentalidad militar y la importancia que adquiere la artillería. Por otro lado también recoge las impresiones y los recuerdos de quienes intervinieron en la batalla, gracias a que muchos de ellos los plasmaron después en papel.

BATALLA SOMMELa batalla del Somme (1 de julio de 1916) muestra los horrores de la Gran Guerra y el poco valor que llegó a tener la vida humana. Millones de soldados perecieron en tierra de nadie bajo el fuego de las ametralladoras cuando intentaban alcanzar la trinchera enemiga. El campo de batalla se alargaba varios kilómetros y la duración de los combates se contaba por semanas o meses. Lejos queda la disposición de los ejércitos frente a frente, sustituida ahora por las trincheras y un sinfín de ofensivas, contraofensivas y retiradas para ganar apenas unos metros de terreno.

Keegan describe la vida en las trincheras y los pensamientos de los soldados una vez que abandonan su refugio, hasta ese momento y durante meses lo más parecido a un hogar, para lanzarse desbocados a recorrer cientos de metros bajo un intenso fuego enemigo (según los datos oficiales la cuarta parte de las muertes se producían en los diez primeros minutos de ofensiva). No había necesidad de hacer prisioneros, que no aportaban ninguna rentabilidad, y todo se reducía a matar o morir. Pocos esperaban concesiones de un rival tan sólo visto como una sombra que avanza hacia ellos.

El rostro de la batalla puede definirse como un estudio de la naturaleza humana reflejada en los campos de batalla. Su autor quiere mostrarnos la reacción del hombre ante situaciones extremas en las que emergen, tarde o temprano, los rasgos distintivos del ser humano: valor, miedo, humildad, solidaridad… Aunque los tiempos varíen y la tecnología progrese, la esencia de la guerra seguirá siendo la misma en Agincourt, en el Somme o en las montañas afganas. El último capítulo del libro (“El futuro de la batalla”) está dedicado precisamente a desarrollar esta idea.

John Keegan (1935-2012) ha sido uno de los historiadores británicos más reconocidos de nuestros días, tanto por su erudición como su extraordinaria capacidad para narrar con viveza. Publicó más de veinte libros, entre ellos dos historias fundamentales de la Primera y la Segunda Guerra Mundial y fue durante más de veinticinco años profesor en la famosa academia militar de Sandhurst. También impartió clases en las universidades de Cambrigde, Harvard y Princeton, entre otras. En sus últimos años fue el editor de la sección de Defensa del The Daily Telegraph.

*Publicado por la Editorial Turner, septiembre 2013.