CATEDRA - DIBUJO Y TERRITORIO
Dibujo y territorio. Cartografía, topografía, convenciones gráficas e imagen digital
VV.AA.

En una entrevista preguntaron al matemático alemán David Hilbert cuál sería, en su opinión, la mayor empresa tecnológica que el hombre podría acometer. La respuesta del matemático fue tan sorprendente como brillante: capturar una mosca en la luna y añadía “porque los problemas complementarios que habría que resolver para obtener tal resultado requeriría la solución de todos los problemas materiales de la humanidad”.

Hoy nos parece lo más “natural” coger el móvil, abrir GoogleMaps, teclear una dirección y seguir las instrucciones hasta alcanzar nuestro destino. Lo mismo se aplica al coche y al GPS. Estas simples operaciones (simples para algunos, todavía hay a quien, aun así, le cuesta orientarse) en apariencia intrascendentes suponen uno de los mayores avances de la historia del hombre. Si esta afirmación, como la de cazar una mosca en la luna, podría parecer un tanto exagerada, lo más seguro es que nos replanteemos nuestra inicial incredulidad tras analizar los problemas ya no sólo técnicos, sino también filosóficos y religiosos, que han debido superarse para llegar hasta este punto.

La relación del hombre con los mapas es casi tan antigua como la propia escritura (incluso puede que sea anterior). Desde el momento en que el ser humano comenzó a aventurarse por tierras lejanas o a comerciar entre puertos separados por extensos mares, necesitó algún medio para orientarse y saber adónde dirigirse. Aunque se conservan mapas de más de cuatro mil años de antigüedad, el empuje decisivo se produjo durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, cuando los avances técnicos permitieron elaborar instrumentos de medición más precisos. El descubrimiento de América supuso el espaldarazo decisivo a esta disciplina (la cartografía) convertida en uno de los instrumentos más preciados de los monarcas, comerciantes y generales. Hoy nos hemos acostumbrado a tener mapas a nuestro alcance en el móvil, en las marquesinas del metro, en las televisiones o en prácticamente todos los lugares.

MAPA DEL BEATO DE LIEBANAAhora bien, “¿Con qué métodos se ha representado históricamente nuestro planeta? ¿Cómo se construyen los mapas?, ¿qué profesionales se han vinculado al conocimiento y al registro del territorio?, ¿ha cambiado tanto la imagen de la Tierra con el desarrollo tecnológico?, ¿el mapa representa o sustituye al territorio?…”. Estas preguntas, que aparecen formuladas en la introducción de la obra colectiva Dibujo y territorio. Cartografía, topografía, convenciones gráficas e imagen digital*, ahondan en un análisis de los mapas que va mucho allá de la mera representación o proyección en papel (o en cualquier otro soporte) del territorio, o de una simple construcción gráfica.

La obra que reseñamos, tercera entrega que la editorial Cátedra publica de la serie “Dibujo y profesión”, está dedicada, como explican sus autores, a “la exploración del mapa y de los mapas, y de manera más específica al estudio de su apariencia gráfica y construcción, en estrecha relación con los conceptos de representación y dibujo”. No se trata, por tanto, de una tradicional “historia de los mapas”. Es historia en cuanto inevitablemente tiene que describir la evolución de la cartografía, desde la aparición de los primeros mapas, de los primeros geógrafos y de los primeros “cosmógrafos” que lograron representar nuestro mundo en soportes materiales, cosmógrafos cuyos sucesores florecieron –y a qué altura– en la “época de los descubrimientos”. A partir de un determinado momento, sin embargo, el relato histórico da paso a algo diferente, esto es, al estudio del “mapa” como ente independiente.

MAPAMUNDO DE EBSTORFQuizás el capítulo más “histórico” de la obra sea el primero (“Cartografía, mapas y planos” de Lino Cabezas Gelabert) en el que el autor “[…] contextualiza y concreta la evolución iconográfica de la representación del territorio precisando de manera particular sus raíces históricas, etimología y evolución gráfica”. En él observamos el discurrir de los primeros “mapas transportables” sumerios datados en torno al año 2300 a.C. hasta los actuales cartogramas o las imágenes de la Tierra desde vistas aéreas u orbitales. Le sigue el capítulo, más práctico, de Inmaculada López Vilches (“Forma y medición del terreno: agrimensura y topografía”) dedicado a analizar los instrumentos, personas y métodos utilizados para representar gráficamente el mundo (la mayoría de ellos empezaron a consolidarse en la época moderna).

La elaboración de un mapa o de un plano conlleva unas dificultades técnicas que a primera vista no parecen relevantes, pero acaban siendo trascendentales (recuerden, por ejemplo, dónde y por qué creía Colón que había llegado a las Indias). La dificultad de proyectar la superficie de la tierra, determinar su perímetro o conocer la proporción entre tierras y mares han sido obstáculos que el hombre ha debido afrontar desde hace siglos. Lino Cabezas Gelabert analiza estos y otros problemas –y las soluciones que en cada momento se dieron– en su capítulo “Proyecciones cartográficas”.

Junto a la mera representación gráfica del territorio, los mapas también podían ser lienzos en los que sus autores plasmaran sus ideales o creencias y una forma de entender el espacio y la realidad (fundamentalmente cuando el objeto representado eran las ciudades), difuminándose en reiteradas ocasiones las fronteras entre la imagen técnica y la imagen artística. Cuestiones que Juan Carlos Oliver Torelló analiza en su capítulo “La imagen visual del territorio: coreografía y panoramas”. Muy en consonancia con este capítulo se encuentra el realizado por Núria Ricart (“Análisis gráficos y planificación territorial”) que estudia “la evolución de las tramas urbanas y su adaptación a los modelos geométricos actuales”.

MAPA DE MERCATORLa relevancia política de los mapas alcanzó cotas muy importantes a partir de la Edad Moderna. Por ejemplo, en el Tratado de Tordesillas firmado entre España y Portugal en 1494 se estableció un reparto de las zonas de navegación y conquista del Océano Atlántico y del Nuevo Mundo, tomando como referencia un meridiano situado 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Los problemas derivados de la dificultad de concretar la posición de la línea y el desconocimiento de la extensión real de la Tierra provocaron numerosas disputas en los años y décadas sucesivos. Los capítulos “El dibujo de los descubridores, exploradores y colonizadores” e “Imagen del poder” exploran las ramificaciones políticas, sociales y económicas que el diseño, elaboración y difusión de los mapas han tenido en los últimos siglos. Mientras que el artículo de Inmaculada López Vílchez (“Convenciones gráficas: De la Tabula peutingeriana a la guía de viajes”) analiza las hojas de ruta y mapas de carretera, las guías de viaje, los planos de transporte y la señalética. Los dos últimos capítulos del libro, en fin, abordan cuestiones completamente ajenas a la historia como son la imagen tecnológica del territorio y la obra del artista Juan José Gómez Molina.

Cada uno de los capítulos de Dibujo y territorio. Cartografía, topografía, convenciones gráficas e imagen digital aborda de forma autónoma los componentes que construyen el concepto de mapa (finalidad, medios para su elaboración, autores…), sin que ello implique abandonar una visión de conjunto ni el objetivo general de la obra. Los autores logran, asimismo, aunar divulgación y rigor sin requerir del lector grandes conocimientos previos de cartografía o geometría. También hay que reconocer la cuidada edición del libro y hemos de destacar (y agradecer) la inclusión de un gran número de ilustraciones de excelente calidad. Estamos, por tanto, ante un trabajo accesible para todos los lectores e indispensable para los aficionados a la cartografía.

*Publicado por Cátedra Ediciones, marzo 2015.